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domingo, 30 de junio de 2013

Sentimientos (Catábasis)



1. Felicidad
Lo primero que veo al despertar esta mañana es mi imagen en el espejo del armario, justo frente a mi cama. Me veo guapa. Tengo las mejillas arreboladas, los ojos brillantes, la piel luminosa, el pelo despeinado y la estúpida sonrisa de felicidad de una cuarentona que se está tirando a un chico 15 años más joven que ella.  

Hundo mi cara en la almohada y aspiro el aroma que tu pelo dejó en ella la noche anterior, cuando dormiste aquí conmigo. Bueno, la verdad es que, lo que se dice dormir, dormimos poco... También las sábanas, color rojo sangre, huelen a nuestros sudores y fluidos. Las estrujo sobre mi boca, cerrando los ojos para captar mejor tu esencia. Mi mano derecha se pierde bajo ellas, buscando entre mis piernas recuerdos del placer que compartimos. 

Encuentro mi sexo ya mojado, y comienzo a tocarme, reviviendo la forma en que te movías sobre mí, visualizando en mi mente cada parte de tu cuerpo, deseando de nuevo estar atrapada entre tus fuertes brazos, escuchando tus jadeos y mis gemidos y cada una de las palabras que nos dijimos mezclarse en un trepidante concierto de sonidos. Mis suspiros se convierten en tus caricias. Guardo en mi piel todavía las marcas de tus dedos, que se aferraban firmemente a mis pechos mientras te cabalgaba, hasta llegar a hacerme daño. El recuerdo de tu mirada desafiante, agarrado a mi melena, me desarma por completo y me hace perder el control. Mi boca se abre, buscando la tuya, buscando esos labios que me dan la vida con cada beso. Mi cuerpo se sacude en espasmos de placer, imaginando que tú también te corres dentro de mí. Daría lo que fuera porque estuvieras aquí de nuevo, poder besar tu cuello y acariciar tu cabello azabache mientras reposas sobre mi hombro. Creo que estoy empezando a quererte más de lo que debería... y eso me asusta.


2. Impaciencia
Me levanto con la ilusión de saber de ti. Mientras desayuno, conecto mi ordenador y espero a que se carguen las páginas por las que sueles estar. Siento mariposillas en el estómago y los ecos difusos de mi deseo en el bajo vientre.

Y pensar que todo esto empezó, hace apenas un par de semanas, en aquella cafetería de dos plantas en la que nos conocimos. Miradas de aprobación, flirteos que se convirtieron en abiertas proposiciones, a cuál más indecente, entre nuestras risas divertidas, medio en broma, medio en serio, roces furtivos de nuestras manos bajo las mesas... Continuaste provocándome hasta conseguir un beso, atraída hacia la miel de tus labios como una polilla hacia la luz para, al igual que ella, encontrar allí la muerte a mis reticencias. 

Un nuevo día, una nueva cita. Cuesta esperar el momento de volver a estar juntos, de tanto que te deseo. Quedarnos completamente solos en la planta superior de la cafetería y que te la saques del pantalón, dejándome anonadada con su buen tamaño y que me retes a tenerla en mi boca tan solo diez segundos, amenazándome con que no te la vas a guardar hasta que lo haga, venga gente o no. Sentir el peligro de estar en un sitio público y no poder evitar reírme como una tímida niña virgen, sin saber si ceder a tus caprichos o no. Yo, la mujer madura con años de experiencia y curtida en mil batallas amorosas, la que siempre dice que no se asusta de nada...

Acceder y chupar, y que diez segundos me sepan a poco. Gemir con tu polla en mi boca y querer estar en otro sitio, más privado, con menos ropa y con mucho más tiempo para dedicarle, a ella y a ti.

No poder apartarte de mi mente, sentirme caliente y excitada cada vez que rememoro la escena, cada vez que veo que me hablas en Facebook o en Twitter. Hacerte más de un homenaje cada día, hasta que estoy dolorida de tanto tocarme. Confesarte mi adicción a tu sexo en conversaciones secretas y que tú me digas que me necesitas igual...

Que, en la siguiente cita en la misma cafetería, nos encerremos en el lavabo de hombres, estrecho y maloliente, para un magreo intenso y apresurado. Arrodillada ante ti, dándote placer con mi lengua, empapándote de saliva mientras sobeteas mis pezones, y acabar de una forma rápida, masturbándote contra mis labios, que te esperan entreabiertos, hasta derramarte en mi boca. Salir con precaución y por turnos para que nadie advierta nuestra presencia, saboreando el gusto de lo prohibido.  Sentirme sucia... y muy viva a la vez.


3. Inseguridad
Veo que has colgado unas fotos nuevas en Facebook y entro a mirarlas. Estás con ella, ayer pasasteis la tarde juntos. Es preciosa. Una tierna muchacha de 22 años. No me acostumbro a ser “la otra”, pero no siento celos. Al contrario, me alegra ver tu carita feliz en las fotos. Sé que ella sabe de mi existencia, piensa que solo somos amigos, amparada por nuestra diferencia de edad, aunque creo que comienza a sospechar que no eres del todo suyo. Tú y yo nos excusamos en que no sois pareja, pero algo anda definitivamente cocinándose entre vosotros. 

Pasan las horas. Apenas hemos hablado hoy, después de días de charlas interminables donde hemos compartido secretos y nos hemos explicado media vida, se me hace extraño este silencio. Me da la sensación de que me estás evitando, que te sientes un poco culpable, no tanto por lo que hemos hecho sino por lo que sabes que has escrito y que yo voy a leer. Sabes que vas a hacerme daño, pero no puedes evitar tus sentimientos por ella. Voy encontrando frases tuyas aquí y allá, diciendo cosas que se me clavan en el alma y la rompen en mil pedazos. Confiesas estar enamoradísimo y yo sé que no hablas de mí. Me siento tonta  por haberme hecho ilusiones contigo, tonta por haberte dejado entrar en mi corazón tan fácilmente. 

Tan fácilmente como entraron tus dedos en mi coño empapado de tu saliva, moviéndose con violencia hasta hacerme correr entre alaridos, mojando toda tu mano y las sábanas con mi squirting, para volver a empezar al cabo de unos segundos hasta hacerme gritar ‘no, por favor’ al conseguir de nuevo tu objetivo, dejándome temblorosa y agotada mientras te burlabas dulcemente de mi: ‘¿no, por favor?, ¿seguro que no? ¿seguro?’...


4.Tristeza
Una pena terrible se apodera de mí. Afuera, la tarde se hace oscura. Me regodeo en mi dolor y lloro hasta agotarme.  No es culpa tuya. Yo ya sabía desde el principio que no había ningún futuro para nosotros, que llevamos vidas muy diferentes y que queremos cosas distintas en nuestro porvenir. Pero me hacías sentir feliz y especial y me duele que eso se acabe tan pronto. Es mientras lloro que me doy cuenta de cuánto te quiero y te necesito. 

Quiero tocar fondo para poder resurgir, convertirme en Ave Fénix. Quiero sentirme despreciada y despreciable y luego olvidar, hacer desaparecer lo que siento por ti, igual que desaparecerán las huellas moradas de tus dedos en mi pecho. 

Me tomo mi tiempo para arreglarme y salgo al centro de la ciudad. El club está abierto. Las zonas interiores son exclusivas para parejas, pero las mujeres solas tenemos entrada gratuita. También suele haber siempre, en la barra de la entrada, un puñado de hombres que han venido solos, esperando tener suerte. Escojo al que tiene cara de más cabrón y lo invito a entrar conmigo de pareja. 

Pasamos al interior y le hago saber, mientras nos toqueteamos y nos vamos desprendiendo de nuestra ropa, que quiero que sea muy duro y salvaje conmigo, que tiene mi permiso para todo lo que quiera hacerme, y él esboza una media sonrisa, complacido. Está visto que tengo buen ojo para los cabrones.

Dejo un rastro con mis uñas en su espalda mientras él me la clava sin piedad, completamente abierta, con mis piernas sobre sus brazos. Se queja, insultándome, y me da todavía más duro, atrapada bajo su peso y la lluvia de gotas de sudor que van cayendo sobre mí. Y dejo que mi mente se libere de tu imagen, porque tú no me follas así, tú no me insultas así, tú no me tratas solamente como un cuerpo. Me dejo llevar por el placer anónimo y sin expectativas.

Grandes lagrimones resbalan por mis mejillas mientras me hace mamarsela, empujándola hasta el fondo, sujetando mi cabeza firmemente contra su entrepierna. Él piensa que es porque está ahogándome, y eso es cierto en parte. La otra parte es tu recuerdo, que mana de mis ojos y se va diluyendo a medida que deja su estela en mi piel, descendiendo, para desaparecer finalmente en el negro suelo donde estoy de rodillas.

Mi cabeza se vuelve, obligada por sus grandes manazas que sujetan mi melena, tirando de ella mientras me toma a cuatro patas, asestando terribles golpes a mi blanco trasero, haciendo que me corra al mismo tiempo que mi mirada le suplica un poco de piedad. Pero no va a tener piedad de mí, yo se lo pedí así. Después de todo, estoy con un completo desconocido al que le importan una mierda mis sentimientos.

Un rato más tarde, cuando ya estamos ambos saciados y cansados, separamos nuestros caminos igual que se unieron, sin esperar nada más a cambio que un rato de placer. Termino de darme sola una ducha fresca en el club, me visto y vuelvo hacia mi casa. 

Te he echado fuera de mi corazón y mi cuerpo está dolorido por las ansias de otro. Ya no huelo a ti. Ya no tengo tu sabor en mi boca.

Camino bajo la noche estrellada de este domingo de verano, sintiéndome todavía algo triste, pero limpia y nueva.

Y un poco muerta por dentro, ahora que ya no estás. 





                     

domingo, 21 de abril de 2013

Nocturno



Deambulo entre la gente, que baila y charla animadamente a mi alrededor. La  fiesta que hemos organizado en una preciosa torre modernista a las afueras de Barcelona está siendo todo un éxito. La noche primaveral tiene una temperatura perfecta, lo que hace que los invitados se distribuyan tanto por la mansión bellamente iluminada, como por los exuberantes jardines que la rodean y que dan a esta villa ese aire romántico e íntimo que nos hizo escogerla para la reunión de nuestro Club Liberal.

Miradas aprobadoras siguen el rastro de mi vestido negro, tan elegante, pero la mía está fijada en Sam, al otro lado del salón. Mis pasos me llevan inexorablemente hacia ella, que finge no haberme visto y se hace la disimulada. Cuando paso a su lado, soy yo la que la ignora a propósito, dejándola confusa, peinándo con sus dedos su corto cabello negro, como si con eso pudiera borrar mi imagen de su mente y los recuerdos que evoca.

Le lanzo una última mirada por encima del hombro, prometedora de placeres, mientras abro la cristalera. La veo morderse el labio inferior, pensativa, en un gesto que conozco bien, con la duda reflejada en sus ojos, tan verdes. 

Salgo a la balconada que se alza sobre los jardines y, apoyada en la balaustrada de piedra, contemplo los cuerpos desnudos de los que juegan en la piscina brillantemente iluminada, oigo sus alegres y despreocupados chapoteos  mientras la sonrisa de la Luna, en cuarto creciente, nos da su visto bueno desde el cielo despejado.

En un rincón del balcón, una pareja se abraza y comparte besos, murmullos y caricias, pero no se incomodan ante mi presencia. Al contrario, parece que les excita todavía más. Oigo la cristalera abrirse tras de mí y unos pasos que se acercan. No necesito volverme para saber quién es. Sonrío para mis adentros. Sabía que Sam no podría resistirse y terminaría siguiendo mis pasos. 

Su cuerpo se acopla al mío, siento el roce de su camisa en mi espalda desnuda, la presión de su pelvis contra mi trasero. Sus manos se apoyan en la balaustrada, junto a las mías, rodeándome en un abrazo abierto que me deja sin escapatoria. Lentamente, como poniéndome a prueba, sus dedos se deslizan sobre mis brazos, subiendo en una tenue caricia que me estremece, hasta llegar a mis hombros. Aparta suavemente mi melena, dejando mi nuca al descubierto, donde ella sabe que está el tatuaje con su inicial, huella de un amor que nos unió hace tiempo, al que nunca hemos acabado de renunciar.

Noto la humedad de su lengua dejar un rastro sobre mi columna. Escalofríos de placer me recorren y cierro los ojos, con la respiración acelerada, sintiendo mi coño palpitar de impaciencia. Su aliento cálido en mi cuello me está volviendo loca.  Me rodea en un abrazo fuerte, sus manos tantean mis pechos, 
oprimiéndolos con intensidad pero sin violencia. Mis pezones responden poniéndose tan duros que duelen. 

Me giro levemente y nuestras bocas se buscan con timidez. Su mano en mi cara es suave y fresca en contraste con mis mejillas ardientes.  Su saliva es un dulce néctar que recordaba bien. Sus dedos se pierden entre mis cabellos y, con un firme tirón, hace que nuestro beso se rompa. Se me escapa un gemido. Me contempla triunfante, pues mis labios entreabiertos y mi mirada le están pidiendo más.

Sus manos se deslizan por mis curvas, bellamente adornadas por el lujoso vestido de fiesta, bajando hasta mis caderas y la parte lateral de mis muslos. Sus dedos toman y aprietan todo ese territorio que ya sabe suyo. Me encanta la sensación de sus yemas clavándose en mi carne. Me empuja, atrapándome entre la fría piedra de la barandilla y el calor que desprende su cuerpo y yo me dejo hacer. Su rodilla derecha se introduce entre mis piernas, separándolas ligeramente, para dejar paso a sus juguetones dedos que, apartando mi ropa interior, se abren paso hasta mi sexo mojado por el deseo. Su mano izquierda me toma por el frente, rozando apenas mi clítoris sobre la tela de la ropa, mientras mis caderas van y vienen entre las dos manos, buscando todo el placer que otorgan.

Las siento perderse bajo mi vestido. Sus pulgares se enganchan a mis bragas, que ya solo estorban y las arrastra, en una larga caricia por mis piernas, hasta quedar abandonadas en el suelo. Su voz, apenas un susurro junto a mi oído, me tienta con un “¿nos vamos?”, al que ya sabe que accederé.

Bajamos corriendo, cogidas de la mano, por la impresionante escalinata que conduce a los jardines y nos perdemos entre la espesura de uno de sus bosquecillos. Llevo los zapatos en la mano, feliz de sentir el cosquilleo de la hierba entre los dedos de mis pies y de tenerla a ella a mi lado.

Me escapo y corro entre los árboles. Comenzamos un juego de persecución, en el que ambas somos cazador y presa al mismo tiempo, disfrutando de darle tiempo a nuestras ganas, provocándonos la una a la otra y riendo a carcajadas.

Sam me atrapa contra un gran tronco, dominante y ansiosa. Nuestros besos se vuelven cada vez más desesperados y ardientes, sintiendo que toda la ropa nos está de más. A nuestro alrededor se escuchan estimulantes gemidos de otras personas, ocultas a nuestra vista, que están follando ya, pero sabemos que no seremos molestadas ni escandalizaremos a nadie que pudiera pasar por allí. 

Le quito la camisa, deseosa de disfrutar de nuevo de sus tetas pequeñas y perfectas. Las estrujo, las beso, juego con mi lengua rugosa en sus pezoncillos desafiantes. Ella se entrega a mí, sujeta a mi pelo, con los ojos cerrados y la voz enronquecida atrapada en su garganta, hacia donde subo, mordiendo y besando por igual, deleitándome en el aroma de su cabello, para acabar de nuevo en su dulce boca, buscando a la vez, dentro de su pantalón, el contacto con su coñito estrecho y lampiño que ya está chorreante.

Mi vestido va cayendo hasta reposar a mis pies, siento sus manos apretar mi cintura y sus labios acariciar mi vientre, deslizándose a continuación entre mis muslos para besar esos otros labios que la esperan. Casi desnuda y  arrodillada ante mí, Sam usa su lengua para jugar con mi clítoris, sabedora de mis gustos, de mis tiempos y respuestas, del significado de cada gemido, grito y suspiro. 

Mi cuerpo tiembla y se retuerce. Me aferro al árbol que me sostiene, pero acabamos cayendo ambas hasta el suelo, que nos acoge blandamente con sus olores intensos a tierra y vegetación. Los dedos de Sam, empapados en saliva y en jugos con el aroma de mi sexo, se adentran en mí, profundamente, me acarician con ternura y con pasión, me masturban buscando un final que no tarda en llegar. Todo mi ser explota en un orgasmo intenso que me deja sin aliento. 

Mis ojos, anegados en lágrimas, se alzan hacia el cielo nocturno, descubriendo sobre nosotras un claro entre las copas de los árboles. Pienso, extasiada por la belleza del momento, que jamás había visto tantas estrellas.


La preciosa Cris me convenció para participar en el programa que emite cada sábado noche en "El andamio de enfrente" con uno de mis relatos, y le escribí este, que leyó anoche. Ha sido una auténtica gozada escucharlo en su cálida y sensual voz, de verdad que me ha puesto los pelillos de punta! Os recomiendo que no os  perdáis su emisión el próximo sábado, disfrutando de buena música, relatos evocadores y un chat muy divertido!!!.. Gracias C&C!





domingo, 20 de mayo de 2012

Durmiente



La luz comienza a iluminar levemente el cielo en este domingo de Mayo, mientras camino bajo la lluvia por Las Ramblas de Barcelona en dirección a la estación. Tras una noche de fiesta, me dispongo a regresar a casa con el primer tren de la mañana. Al subir al vagón, me acomodo en los asientos laterales frente a otros cuatro, ocupados únicamente por una persona. Se trata de un chico en la treintena, muy grandote, que ocupa indolentemente casi dos de ellos, espatarrado con comodidad, mientras lee una revista.

En la negrura del túnel, mientras el tren se dirige velozmente hacia su siguiente parada y a falta de algo mejor que contemplar, mis ojos recorren lentamente su persona, de la cabeza a los pies. Reconozco en sus formas el tipo de hombre que me gusta: moreno, con el cabello ligeramente largo que despunta sobre sus orejas, con un aire de ternura que lo hace terriblemente deseable, pervertible, o quizás ocultando una fiereza que no se muestra normalmente a los demás. Se adivina muy alto, corpulento, sus manos son enormes y me da por pensar, con picardia, que posiblemente a conjunto con el resto de su anatomía.

El hombre sentado junto a mí me observa a su vez, en el reflejo de la ventana, captando mi interés por el muchacho y sonriendo levemente. Disimulo, sintiéndome descubierta, dejando vagar mi mirada por el vagón, por las cosas en el bolso que llevo, por mi ropa húmeda de la lluvia, por la lista de canciones que suenan en mi mp3, aunque inevitablemente vuelve una y otra vez al grandullón, que sigue leyendo sin reparar en mí.

Cuando el tren sale a la superficie y nos vemos rodeados de la luz gris del nuevo y nublado día, deja su revista en el asiento y rebusca en los bolsillos de su chaqueta, que reposa arrugada sobre sus rodillas. No encuentra lo que busca y se cachea el pantalón de denim oscuro. De su bolsillo derecho saca un móvil y lo veo trastear con él, para seguidamente volver a guardarlo. Sus ojos se cierran y su cabeza se va ladeando. Se está quedando dormido. 

Sin el reflejo inquisitorio de mi compañero de asiento y al tener el chico los ojos cerrados, sin posibilidad de descubrirme, me siento libre de fijar mi vista maleducadamente en él y deleitarme con el espectáculo. La tentación es demasiado grande: saco mi cámara de fotos y le echo una sin llamar la atención, haciendo ver que repaso otras fotografías. Su mano izquierda descansa sobre su vientre, que se mueve acompasadamente con su respiración relajada, sujetando al mismo tiempo la chaqueta. Sus muslos son poderosos, enormes, y su sola visión me hace vibrar en una frecuencia no audible, calentando mi bajo vientre y mojando mis bragas. Puedo imaginar perfectamente las formas de su cuerpo bajo la camiseta blanca un poco vieja, que se transparenta ligeramente. Lleva estampado un enorme numero dos, que me hace sonreír. El dos siempre ha sido mi número de la suerte, ¿será una señal? La curva de su hombro, el dibujo de su clavícula, el movimiento lento de su pecho, su boca entreabierta, disparan todo mi deseo y hacen que me ponga a soñar despierta.

Y sueño que me acomodo a su lado, ocupando solamente medio asiento, pues su mano derecha descansa abierta y gigantesca sobre la revista que leía. Todos los ocupantes del vagón duermen o están enfrascados en la lectura y no nos prestan atención. Mi mano se desliza por el tejido de su pantalón, escondiéndose bajo la chaqueta. El contacto le despierta y se aferra a la prenda, temeroso de un posible ladrón. Pero mi mano sigue ahí, sobre su bragueta y mis ojos no dejan duda al respecto: no estoy interesada en sus pertenencias, solamente en su cuerpo, en su placer que ya es el mío, así que vuelve a cerrar los ojos y se deja llevar, todavía adormilado, sintiendo la caricia que recorre su sexo sobre la ropa, que se va haciendo más intensa. Quizás habrá fantaseado con eso mismo alguna vez: una desconocida en un tren casi vacío que no puede resistir sus bajas pasiones... Ya puedo notar el bulto que va creciendo y es tan grande como imaginaba mientras advertía su gran cuerpo. Bajo lentamente la cremallera y mi mano se adentra en tejidos más íntimos. Mis uñas rojas arañan suavemente su escroto sobre el algodón de su ropa interior. Su excitación es ya muy evidente, su cuerpo desprende calor y su polla asoma por encima del calzoncillo. Mi mano sigue jugando, apartando la tela, apretando su turgencia firmemente mientras se desliza arriba y abajo, lentamente, con el cosquilleo del vello rizado de su pubis en mis dedos. Veo aparecer la punta rosada y brillante de su glande entre la ropa y me hace salivar, ansiosa. Desearía bajar hasta ahí, succionarla, atraparla entre mi lengua y mi paladar, cubriendo de saliva cada pliegue de piel, dejando que las rugosidades de mi lengua despierten oscuros placeres que todavía no conoce, perdiéndose en las profundidades de mi garganta. Pero me contengo. Una mamada sería más difícil de disimular si entrara alguien en el vagón por sorpresa.

Su mano derecha, que reposaba sobre el asiento, se ha ido deslizando, alcanzando mi pierna, subiendo por la cara interna de mi muslo, adentrándose cada vez más bajo mi falda, que se va subiendo, arrastrada por sus titánicos dedos, hasta alcanzar el encaje caliente y mojado que protege la entrada de mi coño y rozar suavemente mi clítoris con su dedo meñique.  Mi cuerpo se acerca a su brazo, el contacto de mi pecho humedecido por la lluvia y su piel es pegajoso pero cálido. Vuelve su rostro hacia mí, con los ojos todavía cerrados, pero su boca es tan tentadora que me sumerjo en ella, explorando, peleando, degustando, sintiendo el dulce roce de sus labios en los míos, su aliento cálido en mi mejilla cuando nos separamos. Su respiración se vuelve acuciante, más profunda y entrecortada, su mente concentrada en el movimiento lento pero firme de mi mano bajo su chaqueta. Quiero que lo haga, que lo disfrute hasta el final, que me pringue la mano y su ropa, que se derrame sobre su propio vientre y mis dedos, que sin duda lameré después, para guardar el recuerdo de su sabor dentro de mí. 

Regreso de mi sueño, las mejillas arreboladas. La chaqueta me estorba y aprieto con fuerza mis muslos entre sí, apenas conteniendo el temblor que me invade, sintiendo la pulsión del deseo que me trastorna. Rebusco de nuevo en mi bolso y me retoco el pintalabios con la ayuda del espejo en que se ha transformado mi tarjetero metálico. Saco una de mis tarjetas profesionales. Mi nombre, mi e-mail, mi número de teléfono, una breve explicación de mis actividades y algunos ornamentos en dos tonos de violeta. Son bonitas, o al menos, a mí me lo parecen. De nuevo observo al durmiente, ajeno a todas mis maquinaciones. Pienso si sería capaz de dejarle una entre las páginas de su revista, o sobre el brazo que descansa sobre su cuerpo. Se despertaría y se levantaría al llegar a su parada, cuando suene la alarma de su móvil, posiblemente la tarjeta caería hasta el suelo y él la recogería con curiosidad, mirándola y leyéndola con extrañeza. “Te la ha dejado la chica que estaba sentada aquí” le diría el hombre de la sonrisa, añadiendo “yo creo que le gustabas, porque no te quitaba ojo...” Y él se la guardaría, tratando de recordar cómo era la chica en cuestión y quizás al llegar a su casa, probaría a llamarme. 

“¿Hola?”, diría yo...

Me guardo una en mi bolsillo. Y nos imagino desnudos y sudorosos en una cama grande y revuelta, tumbados el uno junto al otro, sus dedos índice y corazón hundiéndose muy adentro en mi sexo mientras su pulgar juega con mi clítoris, disfrutando de mis gemidos y de las reacciones de mi cuerpo ante sus ataques, luchando ambos entre risas por ver quien queda arriba y él dejándose ganar para que yo pueda cabalgarlo, pintando su verga con mis fluidos mientras atrapa mis pechos con sus manazas para llevarlos a su boca y mis dedos se sujetan a su pelo, temblando de placer al correrme, empalada en su enorme miembro.

Va llegando inexorable la parada donde debo bajar y él sigue durmiendo, apoyado contra la ventana. Pierdo la esperanza de que viva en mi ciudad. Me pongo en pie, voy hacia la puerta, el corazón acelerado, mi mano acariciando la tarjeta que reposa en el bolsillo de mi chaqueta, preguntándome a mi misma si me atreveré, deseando locamente volver a verle, saber más de él, descubrir su voz, reflejarme en sus ojos, perderme entre sus brazos y conocer su risa. El tipo de la sonrisa me sigue con la mirada desde su asiento y percibo sus ojos clavados en mi espalda, esperando mis movimientos. Me coarta. Contemplo una vez más el pelo revuelto de mi chico ideal asomando sobre el asiento, está tan cerca que podría tocarlo, tan solo un pequeño gesto bastaría para depositar mis datos en su regazo y dejar que el destino siga su curso.

Pero las puertas se abren y desciendo del tren, bajando tristemente sus dos escalones hasta el andén. Y mi paso se hace pesado mientras me dirijo a la salida, arrugando con rabia mi tarjeta en un puño dentro de mi bolsillo, sintiéndome una cobarde. El tren pita, sus puertas se cierran y continúa con su camino, ignorante de mis deseos, al igual que su durmiente pasajero. Lo veo alejarse desde lo alto de las escaleras mecánicas y, mientras me incorporo a la mañana que ya transcurre bulliciosa en mi ciudad, donde la lluvia ya ha escampado, en mi mente resuenan las palabras que ya nunca escucharé:

“¿Hola?”, diría yo...
“Hola, soy el chico del tren...”


  1. True Story. Si por casualidad alguien lo conoce, que le hable de mi y que me mande un mensaje al mail que hay en Información jajaa Se fue dirección Manresa, para más datos...

domingo, 14 de agosto de 2011

Cuaderno de bitácora


El portugués y yo, sentados frente a frente en el pequeño camarote, cada uno en una de las dos camitas perfectamente hechas, cubiertas con una manta azúl marino, sentimos que había llegado el momento de dejarnos llevar por una marea de emociones, largamente contenidas. Después de varios días de perseguirnos mutuamente, buscando la ocasión oportuna para poder hablar, después de intercambiar incontables miradas, prometedoras de mil nuevos placeres, intentando vencer la timidez y buscando el valor para dejar de ser extraños en el crucero que nos llevaba de vuelta a Barcelona, después de todo eso, al final fui yo la que se lanzó a por todas, en nuestra última noche de travesía.

La discoteca ya cerraba y queriamos encontrar un sitio donde seguir nuestra recién comenzada charla, pero todos los bancos y rincones estaban tomados por viajeros durmientes, así que acabamos en su pequeña habitación de chofer de camión, por suerte para ambos, sin compañero de viaje.

Y así, mirándonos a los ojos, tomándonos de las manos, permitimos que nuestros labios se unieran lentamente, a nuestras lenguas perseguirse, cambiando las palabras por saliva. Me arrodillé entre sus piernas, fundiéndome en un abrazo con su cuerpo caliente, dejando que mis manos atrapasen y se enredasen en los mechones de su largo cabello, mientras nos besábamos de nuevo intensamente.

Me deshice de mi camiseta, dejándole recorrer mis hombros y espalda con sus manos grandes y ásperas, aunque sumamente delicadas, hasta encontrar el cierre de mi sujetador y luchar infructuosamente contra él, ya que al final tuve que soltarlo yo misma. Sus labios acudieron, como llamados por el canto de una sirena, hasta la acogedora generosidad de mis pechos y mis rosados pezones, que lamió con fruición.

Sus dedos traviesos, tomando cada curva de mi piel, al final se perdieron en el interior de mi pantalón y, simplemente con la forma de acariciar mi clítoris, supe que iba a ser un gran amante.

Él se quitó la camiseta negra y los tejanos y yo terminé de desnudarme, sin prisas, sin pausa, bajo la ténue luz anaranjada de la estancia. Su piel estaba muy bronceada por el sol del verano, tan solo su culete pequeño y prieto parecía un poco más claro. Acodada en el estrecho camastro, admiré su estampa de Tarzán, su pecho amplio y lampiño, una cinturita pequeña y brazos y piernas poderosos, un rostro lleno de fuerza: unas cejas pobladas que enmarcaban sus ojos de obsidiana ardientes de deseo, una nariz de boxeador ligeramente achatada y una sonrisa luminosa de dientecillos pequeños, enmarcado todo ello por una melena larga y fiera, de puro azabache, que le llegaba hasta los hombros. Y mi boca se hizo agua y unas ruedecillas giraron enloquecidas en mi bajo vientre al contemplar la imponente erección de su temible verga que, oscura y turgente, invitaba a la lujuria.

Me lancé sobre ella, susurrando, casi suplicando: 'quiero chuparla' y él se dejó hacer, con expresión satisfecha. Me apliqué con intensidad y ganas, sabiendo que ninguno de los dos quería llegar hasta el final, dejándole disfrutar de mi boca apenas unos minutos, cubriéndola de calor y saliva, hasta que vi sus ojos cerrarse y su cuerpo entregarse a mi. Me separé de él, mirándole lascivamente, invitándole a poseerme. Como si leyera mi pensamiento, fue empujándome levemente hacia atrás, hasta que estuve tumbada en la cama y él sobre mi, dominando mi cuerpo al completo desde la atalaya de mi pubis.

Uniendo su cuerpo al mio en un abrazo tierno y envolvente, sentí su ariete abrirse paso, resbalando en el perlado mar de mi sexo hacia las profundidades de mi ser, meciéndome en el vaivén de sus voluptuosas acometidas. Mis manos se tornaron medusa, atrapándolo, acercándolo cada vez más, envenenándole de mi pasión, envolviéndole en mis gemidos.

Se apartó de mi y sus dedos continuaron la tarea de darme placer, pacientemente, con ambas manos a la vez, con la perfección de quien domina la materia, hasta hacerme gritar, quedando cautivos en el pulso de mi orgasmo, una Caribdis hecha carne, atrayéndole hacia su perdición. De nuevo me miraba complacido y eso conseguía que le deseara sin medida.

Volvió a penetrarme, despacito, quedándose muy quieto dentro de mi, a pesar de mi ansia. Mis ojos interrogaron a los suyos. 'Estoy conociéndote' me contestó, 'descubriendo tus secretos'. Otra oleada de sacudidas me conmovío casi al instante, sintiendo bombear la sangre dentro de él, dentro de mi. Tuvo que tapar mi boca, pues la vida se me iba por ella. 'Vas a despertar a todo el mundo', me dijo entre risas, con su acento extraño y dulce. Y yo también reí, abrazándome a su cuerpo, mi tabla de salvación, mientras flotábamos sobre el eterno y oscuro Mediterráneo en una noche que parecía no tener fin.

Quise convertirme en su amazona, cabalgar sobre su mástil, hacerle ahora llevar mi ritmo, moviéndome con la cadencia del oleaje, poniéndome a continuación en cuclillas y obligándole a mirar cómo su polla me taladraba una y otra vez. Luego, izada sobre él, tracé con mis caderas círculos y más círculos en un remolino infinito, hasta que no pudo más y cambió las tornas.

Me tomó a cuatro patas, sujetando mi melena roja entre sus dedos morenos porque así se lo pedí, empujando con fuerza, acariciando mi espalda, sujetándose a mi trasero. No conté las veces que hizo que me corriera, pero fueron muchas, muchas...

Vuelta tras vuelta, volvimos a estar cara a cara, sus brazos musculados atrapándome contra el duro colchón. Y, como ola contra una roca, la salada espuma de su océano cubrió mi cuerpo, entre suspiros y sudor. Su cabeza se hundió en mi hombro y quedamos un rato abrazados, acunados por el leve movimiento del barco.

Quedamos en que vendría a despertarle al día siguiente y, mientras me dirigía a mi camarote, situado una planta más arriba, y recorría silenciosa los pasillos, rememorando cada caricia y cada beso, me di cuenta de que lo que no recordaba era su nombre.


Ya en mi cama, me dormí con una sonrisa, soñando con mi portugués, mi gitano sin nombre, señor de los siete mares, contando los minutos para volver a ser suya, sintiendo su olor en mi piel y dejando que el ardiente deseo de su cuerpo me inundara y consumiera una vez más.

Para Marcelino. Espero que las corrientes vuelvan a traerlo hasta mi costa.




domingo, 5 de junio de 2011

Lluvia


Una vez más, me maldigo por haber dejado que la reunión se alargara tanto, haciéndome llegar tan tarde de vuelta a casa. Al salir del tren, casi a las once de la noche, la oscuridad es total y el aguacero, impresionante. La gente se agolpa en la puerta de la estación, temerosa de salir: el agua golpea con fuerza el suelo y retumban los truenos. No hay ni un solo taxi a la vista. Los autobuses ya han terminado su jornada. La apacible y cálida tarde de Junio se ha transformado en una noche de tormenta y a mí ni se me había pasado por la mente, al salir de casa, llevarme un paraguas por si acaso. Pasan los minutos y no da señales de parar. Decido que no puedo quedarme allí esperando eternamente hasta que amaine, total, mi casa no está tan lejos, así que echo a correr bajo la lluvia, calle arriba, abrazando mi bolso como si fuera un salvavidas, notando como el agua fría va calando mi ropa, mis zapatos, convirtiendo mi pelo en delicadas hebras que se adhieren a mi cara una y otra vez, aunque me empeñe en apartarlas.

El camino es cuesta arriba y yo no estoy acostumbrada a correr, menos aún con estos zapatos de vestir y la falda de tubo que me puse para la reunión, así que a medio camino ya estoy exhausta y completamente empapada.

Una puerta entreabierta en un portal se me muestra como una posible salvación. Me resguardo en la penumbra, dejando caer mis cosas al suelo, apoyada contra la pared, respirando agitadamente.

Oigo el sonido de unas llaves y la puerta cerrándose de nuevo. Un chico, tan empapado como yo, entra entre resuellos y se apoya en la pared frente a la mía. También se ha pegado una buena carrera bajo la lluvia, pero al menos, él ya está en casa. Me sonríe.

- ¡Vaya tormentón! ¿Eh?

Asiento, devolviéndole la sonrisa. Siento sus ojos oscuros repasarme con curiosidad, sabiendo sin lugar a dudas que no soy una de sus vecinas. El encaje de mi sujetador es claramente visible a través de la blanca tela de mi blusa, que se pega como una segunda piel y mis pezones están tan duros que podrían abrirse camino a través de ella. Él me estudia detenidamente, en el silencio atronador de nuestros corazones agitados. Lleva un polo azul celeste, muy primaveral, bajo el que se marca un torso esbelto pero torneado, y unos tejanos que parecen negros de tan mojados. Se pasa la mano por su ondulado cabello castaño, apartándolo de su bello rostro, con la actitud confiada de quien se sabe atractivo. Siento un escalofrío recorrerme y él parece adivinarlo.

- ¿Tienes frío? ¡Estas empapada! Bueno, ¡ambos lo estamos! -de nuevo ríe. Tiene una sonrisa preciosa. Se acerca hasta mí y, acogedoramente, pone su mano sobre mi hombro. Yo no me resisto, sigo mirándole embelesada.

- ¿Me permites ofrecerte una toalla y una taza de café? Puedes esperar en mi casa hasta que deje de llover tan fuerte, si quieres...

Está parado frente a mí, expectante. Parecemos dos imanes, luchando contra la mutua atracción. Noto su mirada hambrienta recorrerme, cual gota que cae de mi pelo chorreante, pasando de mis ojos a mi boca entreabierta, bajando por mi cuello, ralentizándose sobre el perlado valle de mi escote, para perderse sin remedio en el oscuro abismo entre mis pechos. Siento que me ahogo, que me falta el aliento, ya no sé si es por la carrera o por el súbito deseo que me invade y me hace temblar, vibrando como un diapasón en las profundidades de mi ser.

Me dejo llevar por el impulso, acercando cada vez más mi boca a la suya, lentamente, esperando su reacción. Llego hasta sus labios y le beso apasionadamente y, tras un instante de sorpresa, él me responde con intensidad. Nuestros cuerpos se unen con un sonido chapoteante, atrapándome contra la fría pared de mármol. Sus manos se deslizan por mis curvas cinceladas con precisión por la ropa mojada, desprendiendo su calidez sobre mi helada piel. Mi mano sube por su nuca y se enreda en su pelo, agarrándolo con fuerza.

Muy despacio, me va atrayendo hacia una puerta al fondo del vestíbulo. Al traspasarla, me encuentro con un patio interior, sin claraboya, en el que sigue cayendo la lluvia, que ahora, cual bendición, refresca mi ardiente rostro. Se quita el polo y lo deja en el encharcado suelo. Me gusta su cuerpo lampiño y joven. Desabrocha mi blusa, abriéndola y apartando mi sujetador para aferrarse a mis generosas tetas, mientras su boca busca mi cuello con un ansia animal y su pelvis se aprieta contra la mía. Noto el granulado cemento de la pared arañar mi espalda, pero no me importa. Miro hacia el cielo mientras él se agacha y, levantándome la falda hasta la cintura, se pierde entre mis piernas. Siento su lengua por encima de mis bragas, que ya no sé si están mojadas por el agua o por el deseo, justo antes de hacerlas a un lado y saborear mi sexo. La lluvia brilla, diamantina, bajo la luz de algún foco en el tejado del edificio y su repiqueteo constante me transporta hasta un mundo de calma. Mirando todas aquellas ventanitas, pienso en lo fácil que seria que alguna se abriera y nos descubriera allí abajo, si oyen mi voz. Me muerdo el labio, respirando hondo, conteniendo esos gemidos que pugnan por salir, mientras mi cadera se mueve, acompasadamente, lenta pero inexorablemente hacia el orgasmo, con los movimientos de su lengua.

Se alza y me vuelve a besar, enfebrecido, mientras lucho por desabrochar su tejano. No le permito bajárselo del todo, así que me penetra con el pantalón todavía puesto. Me gusta sentir su textura rugosa en mi pierna, que le rodea buscando su proximidad, acariciar la forma en que se pega a su pequeño y duro trasero, inmune a mis uñas, que se clavan en la tela. Me empuja con violencia, casi levantándome del suelo, me encanta escuchar su respiración en mi oído. Estamos solos: él, yo y la lluvia.

Me hace dar la vuelta e inclinarme, las piernas muy abiertas. La falda es un harapo anudado a mi cintura, a la que él se aferra para seguir clavándomela hasta el fondo. Me sujeto a la pared, arrebolada y temblorosa. Me he corrido otra vez, sin remedio.

Me gusta cómo mis pechos se bambolean a cada embate, hasta que una de sus manos aparece para agarrarse a ellos. Le miro por encima del hombro, mientras él observa a la lluvia trazar brillantes y húmedos caminos en la blanca piel de mi culo. Su cabeza cae hacia atrás, dejando que el agua de las nubes bañe su cara por completo. Su boca se abre, sus ojos se cierran y, con un suspiro, unas gotas más espesas y calientes dibujan su explosión de placer sobre mis muslos.


Mis ojos se abren a la soleada mañana de un nuevo día, sola en una cama extraña. Mi ropa reposa, lavada y seca, sobre la silla de la habitación. Me dirijo al baño y me meto en la ducha. La noche ha sido larga y sudorosa.

Su cuerpo fibrado y desnudo aparece, atraído por el sonido, y se apoya en la puerta, dándome los buenos días. Me mira silenciosamente, pensativo, mientras dejo que el agua y sus ojos me acaricien. Le sonrío y le hago un gesto. Aunque parezca mentira, aún nos quedan ganas. Se acerca tiernamente y me abraza bajo aquella nueva lluvia, para compartirme con ella otra vez.
A mi me encantan los días de lluvia... ¿y a tí? ;)
(Ya ves que, hasta cuando sueño despierta, se me aparece tu cuerpo, mi niño. TQM. Mil besos de tu catalana favorita que te echa muchísimo de menos)


domingo, 20 de marzo de 2011

Seda


"Amado Señor mío,


No tengas miedo, no te muevas, permanece en silencio, nadie nos verá.

Sigue así, quiero mirarte, yo te he mirado mucho, pero no eras para mí, ahora eres para mí. No te acerques, te lo ruego, quédate donde estás, tenemos una noche para nosotros y yo quiero mirarte, nunca te he visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra tus ojos y acaríciate, te lo ruego.


No abras los ojos, si te es posible, y acaríciate. Son tan hermosas tus manos, he soñado con ellas tantas veces, ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, te lo ruego, continúa, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti. Acaríciate, amado Señor mío, acaricia tu sexo, te lo ruego, despacio.


Es hermosa tu mano en tu sexo, no te detengas, a mi me gusta mirarla y mirarte, amado Señor mío, no abras los ojos, todavía no, no debes tener miedo, estoy cerca de tí. ¿Me sientes? Estoy aquí, te puedo rozar. Esto es seda, ¿la sientes? es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel.


Tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, de repente sentirás el calor de mis labios sobre ti, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de repente.


Tal vez sea en tus ojos. Apoyaré mi boca sobre los párpados y las pestañas, sentirás entrar el calor en tu cabeza y mis labios en tus ojos, dentro. O tal vez sea en tu sexo, apoyaré mis labios allá abajo y los abriré bajando poco a poco. Dejaré que tu sexo entreabra mi boca, entrando entre mis labios y empujando mi lengua, mi saliva descenderá por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te deseo.


Morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te deseo, y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en el corazón, tú serás mío para siempre, si no me crees, abre los ojos, amado Señor mío, y mírame. Soy yo, quién podrá borrar este instante que sucede y este cuerpo mío, ya sin seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran.


Tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que te deslizas debajo de mí, aferras mis caderas, me levantas, dejas que me deslice sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí, moviéndote lentamente, tus manos en mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz. Te mueves lentamente pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me alza, tus brazos que no dejan que me marche, los golpes dentro de mi, es violencia dulce, veo tus ojos que buscan en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño. Hasta donde quieras, amado Señor mío, no hay final, no acabará.
¿Lo ves? Nadie podrá borrar jamás este instante que sucede, para siempre. Echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos, separando las lágrimas de mis pestañas, mi voz dentro de la tuya, tu violencia que me tiene aferrada. No queda ya tiempo para huir, ni fuerza para resistirse, tenía que ser este instante. Y este instante es, creeme, amado Señor mío, este instante existirá, de ahora en adelante, existirá, hasta el final."

Hoy he asistido al Club del Libro en el Nido del Escorpión y me he traido esta pequeña joya que es "Seda" de Alessandro Baricco. Lo he devorado en el tren de vuelta a casa. Os recomiendo su lectura. Una pequeña historia de amor imposible entre un comerciante de seda francés y una bella joven japonesa.

jueves, 3 de febrero de 2011

Teléfono




Suena el móvil. Son las diez de la mañana y me revuelvo entre las sábanas. La noche ha sido larga, participé en un concurso y gané, me fui de celebración con mis amigos y llegué muy tarde a casa. Pero como estoy de vacaciones, no tengo ninguna prisa por levantarme.

-Mmmmmm??? -contesto, con los ojos cerrados todavía.
-¡Buenos días, guapetona! ¿Te he despertado? Jodeeer, lo siento. Sólo quería saber cómo te fue anoche...

La verdad es que no me importa que me haya despertado, su voz ronca y sexy al teléfono despierta mucho más en mi cuerpo que un buen café, siento un hormigueo que sube y baja por mi vientre y se localiza, caliente, entre mis piernas. Un calor que no podrá saciarse con su compañía, pues nos separan más de 500 kilómetros. Siento añoranza de su boca, de su cuerpo sobre el mio, del tacto de sus manos. Sólo su voz me reconforta, trayéndome dulces recuerdos de los pocos días que hemos pasado juntos.

-Bien, bien... Gané la primera ronda y salimos a celebrarlo....
-Bueno, si un caso te llamo luego y hablamos, descansa un rato más...
-¡No, no! No te vayas todavía.... Me encanta escucharte.... Sabes que tu voz me pone mucho.... Dime más cosas....

Me lo imagino sentado en su coche, parado para desayunar en la cafetería de alguna gasolinera solitaria de alguna autopista de Madrid, apartado del tumulto en algún parking, lejos de la vista de la gente, aprovechando ese descanso en el trabajo para llamarme. Trajeado, con su corbata, bien peinadito, con las gafas de sol todavía puestas y una media sonrisa traviesa en la que asoma ese diente un poco roto, imaginándome él a mi: la melena pelirroja desparramada sobre la almohada, con los ojos soñolientos, oscurecidos por los restos de maquillaje que no me quité la noche anterior, mi piel tan blanca en contraste con las sábanas azul oscuro, curvilínea y cálida bajo el edredón.

- ¿Que llevas puesto? - me interroga. Su voz se ha hecho todavía más ronca, recordando este cuerpo mio que ha sido tantas veces suyo.
- Nada. Estoy desnuda, siempre duermo desnuda. Y me estoy poniendo muy cachonda... Me estoy acariciando, imaginando que eres tú, que estas aquí a mi lado... Sólo mirándome y acariciándome y hablándome al oído...
- ¿Sí? Uffff.... -casi puedo sentir cómo la saliva se acumula en su boca, como su corazón comienza a latir más rápido- ¿estas mojada?
- Estoy empapada, cielo. Ahora mismo tus dedos entrarían suavemente dentro de mi, llenándose de mi esencia, de mi olor, de mi sabor....
- Lo que daría por poder meter mi lengua en tu coño ahora mismo, mi niña...

Le imagino soltándose un poco la corbata, para poder respirar mejor, mirando nervioso a su alrededor, como si alguien más pudiera escuchar lo que estamos diciendo. Yo también recuerdo su olor, su sabor, el tamaño de su miembro entre mis manos, rozando mis labios, esos ojos oscuros que buscan los mios, esa cara de malo cuando se lo pasa bien...
Mis dedos han empezado a jugar ahí abajo, haciéndome sentir que son los suyos, o quizás su lengua experta sobre mi sexo. Respiro más fuerte, se me escapa un gemido.

-¿Que haces?
- Estoy sintiendo tu lengua entre mis piernas, recorriéndome despacito, jugando a rozar mis ingles. Me muevo buscando su contacto y tu me evitas, me haces sufrir, suplicar, quiero sentirla en mi clítoris, llenándome de tu saliva...

Yo también se seducirle con mi voz: le hablo lentamente, que le de tiempo a ponerse en situación, casi susurrante, que tenga que esforzarse un poco para escucharme, voz caliente de hembra en celo.

Oigo ruiditos imperceptibles en el teléfono, un rozar de tela. Imagino que el pantalón ya le aprieta y que se ha deslizado en el asiento del coche, ocultándose un poco más, dejando espacio para bajarse la cremallera de la bragueta y así poder introducir su mano y acariciarse al mismo tiempo que yo, primero suavemente, sólo por encima, luego agarrándola con toda la mano, meneándosela ritmicamente.

-¡Que bien lo haces! ¡Me encantaaaaa! Pero méteme un dedo...¡o dos! ¡Hazlo, por favor! ¡Necesito que me folles! ¡No me hagas esperar más! ¡Te deseo tanto!- le pido, con voz lastimera. Mi coño ciertamente se abre, pidiendo su sexo, sus caricias, ese cuerpo que no voy a tener.

- Mmmm.... ¡Que cerda! ¡Sí! Te meto los dedos, muy adentro, me encanta verte así, tan caliente, mojada y abierta de piernas, mirando cómo te masturbas para mi, mientras te meto la polla en la boca para que me la chupes tan bien como tú sabes, agarrándote del pelo para ver esa cara de guarra que pones.... ¡Así, chúpamela!
-Oh! ¡Cómo me gusta que me hables así, cabrón!¡Sigue!¡Dame más!

Estoy gimiendo, loca de placer, los ojos cerrados completamente, apretados, mirando hacia adentro, hacia mi mente, a la doble escena de saberme poseída por él en esta fantasía compartida y de imaginarle en tiempo real, haciéndose una paja mientras me habla, en su coche, a pleno día, en un lugar público. El teléfono casi se me pierde, resbala por mi almohada mientras me toco a dos manos, pero no quiero dejar de oír su voz, de sentirlo en la distancia y me apresuro por volver a colocarlo sobre mi oreja.

- Cállate, perra -me está diciendo- No quiero oírte, solo quiero ver cómo te corres para mi, quiero sentirlo en mis dedos, aprisionados con tu orgasmo, porque cuando te corras te la voy a meter enterita y te voy a follar como te mereces, puta.... ¡Córrete! ¡Córrete ya!

Es como un interruptor en mi cabeza, todas sus palabras me disparan hacia una dimensión desconocida, mi cuerpo vibra y se retuerce, mi mente gira sin control, envuelta en una nube naranja y roja y me quedo sin aire. Una "pequeña muerte" que a la vez me da la vida y me deja palpitante.

- Ooooohhh! Síiiiiii!
-¿Sí? Pues ponte a cuatro patas, que te la voy a clavar hasta que no puedas más... Buffff! ¡Cómo me la has puesto, mi niña! ¡Te voy a destrozar cuando te pille!

Sigo tocándome, suavemente, disfrutando de las sensaciones, prestando atención a sus lejanos jadeos que me excitan todavía más, escuchando cómo se relaja cuando termina, sin estridencias, rezando por que lleve pañuelos de papel en el coche...

- Estoooo.... Voy a tener que dejarte, cariño, jejee Ufff.... ¡Te vuelvo a llamar más tarde, guapísima! Eres un cielo.... ¿Te he dicho ya que me encantas? Un beso, nena, descansa.... ¡Te quiero!

Su voz vuelve a sonar divertida y sexy. Creo que no llevaba pañuelos, después de todo.

Apago el móvil y me quedo, relajada y calentita bajo las sábanas, soñando con él, con que llegue la hora en que mi teléfono vuelva a sonar y escuche de nuevo esa voz tan peculiar y provocadora que me vuelve loca.

Para Ginés. Nada de lo que te pueda decir podrá explicar por completo todo lo que me haces sentir.... Gracias por unos días maravillosos. Te quiero!




domingo, 2 de enero de 2011

Cabaña




Aquel domingo por la tarde, mis amigos y yo habíamos salido de excursión por el bosque, en busca de setas y un cambio de aires, lejos de la rutina y el ruido de la ciudad. Sin mucha experiencia en el asunto, pronto me di cuenta de que me había alejado demasiado del grupo y que vagaba sin rumbo por parajes desconocidos. Mi móvil había perdido toda cobertura, así que fui caminando en busca de alguna zona habitada o persona que me pudiera ayudar.

Empezaba a oscurecer cuando di con un claro en el que se distinguía una forma cuadrada entre los árboles. Era una vetusta cabaña, de madera y piedra, medio cubierta por el follaje y el polvo, rodeada de tablones que se habían ido desprendiendo, pero que aún seguía en pie, desafiando el paso del tiempo.

Entré sigilosamente, ya que me pareció escuchar voces en su interior a pesar de parecer un sitio abandonado y no me equivocaba, pues enseguida distinguí una luz tras una puerta entornada. Espié en silencio por la rendija y lo que vi me dejó con la boca abierta.

La habitación era rectangular, alargada, debía haber sido un comedor para bastante gente y estaba iluminada por dos lámparas portátiles de gas, pequeñas y muy tenues y unas cuantas velas parpadeantes que los que estaban usando la estancia debían haberse traído. A diferencia del resto de la cabaña, la habían despejado de trastos y limpiado un poco. Incluso había una alfombra que, aunque vieja, no parecía pertenecer a aquel lugar. Dos mochilas y algo de ropa amontonada reposaban en un rincón.

Una muchacha muy delgadita, de largo cabello negro y piel muy blanca, estaba atada a la pared opuesta a la puerta desde la que yo espiaba, completamente desnuda, sus brazos en alto, sus muñecas rodeadas por esposas y éstas sujetas a una cadena amarrada al muro de piedra. Sus piernas abiertas se mantenían separadas mediante una barra de madera con abrazaderas de piel en sus extremos, sujetando sus tobillos.

Un hombre muy musculoso, con los brazos y el pecho cubiertos de tatuajes y la cabeza rapada, vestido con unos tejanos y una camiseta de tirantes, caminaba nerviosamente de lado a lado, mirándola fijamente y con fiereza, hablándole en una lengua que yo no entendía. La abofeteó sonoramente, lo que me hizo dar un brinco, temiendo por un momento que me descubrieran, pero no fue así.

Él hundió su manaza entre las piernas de ella, buscando su humedad, frotando su coño con aquellos grandes dedos, masturbándola mientras con la otra sujetaba su pelo, levantando su cabeza y buscando su mirada, observando cómo su linda boca se abría para gemir, llevándola hasta el borde del orgasmo y parando, dejándola temblorosa y jadeante.

Acto seguido, tomándola de la cintura, la hizo girar, poniéndola de cara a la pared. Golpeó un lado de su trasero un par de veces con la mano abierta, dejándolo bien rojo y, tomando luego una de las velas encendidas, dejó caer la cera derretida sobre la curva de su nalga. Ella se quejó un poco, pero se dejó hacer. Él repitió todo el proceso en el otro lado de su blanco culito y luego procedió a lamer lentamente toda aquella cera de su piel, que se quedaba pegada en su lengua y a escupirla al aire para ver como caía al suelo. Pensé que era provocador y excitante: nunca había visto algo así.

Sentí que quería ayudar a aquella pobre chica... pero también quería continuar mirando. Me estaba poniendo muy caliente.

Volvió a girar a la muchacha y golpeó sus pechos firmes varias veces, pellizcó largamente sus pezones mientras le hablaba y ella balbuceaba respuestas que yo, sin entender, comprendía: “sí, señor”, “no, señor“. Él iba bajando con su lengua por su vientre, hasta hundir su cara en aquel coño que palpitaba, lleno de deseo y temor. Ella tiraba de la cadena, su cuerpo se arqueaba entre sollozos y yo no pude evitar que mi mano derecha se metiera en mi pantalón, en mi ropa interior, acariciándome, buscando mi sexo, también mojado y anhelante. De nuevo, aquel hombre tatuado paró antes de que ella se corriera, haciéndola sufrir, dejándola con ganas de más, suplicando.

Él se fue desnudando, tranquilamente, con una sonrisa maliciosa en su cara, dejándose mirar por ella. Tenía un cuerpo espectacular, hermoso. También había tatuajes en sus potentes muslos y trabajado vientre, y entre las piernas, su erección era temible. Le hablaba a la chica casi en un susurro, arrodillado ante ella, quitando la barra que sujetaba sus tobillos muy despacio. Luego, tras besarla apasionadamente, sujeto a su cabello oscuro, soltó las esposas de sus muñecas.

No me lo esperaba. La chica arrancó a correr en dirección a la puerta tras la que yo me escondía. Apenas a un par de metros de mí, él le dio alcance y la lanzó al suelo, sobre la mugrienta alfombra. Pelearon, girando enlazados, ella tratando de escapar, él tratando de retenerla. Yo no podía dejar de tocarme, observando la bella lucha de sus cuerpos desnudos, la forma en que él la dominó contra el suelo, sujetando su cuello y obligándola a abrir sus piernas de nuevo para él. La embistió con su dura polla, penetrándola brutalmente. La chica gritaba, abrazando su espalda, arañándola, sacudiéndose bajo el peso de su amante. Sentí que yo me corría con ella, un orgasmo salvaje que acallé con la mano sobre mi boca.

Ella movió su cabeza hacia atrás y sus ojos se abrieron, mirándome unos segundos. Pero no gritó ni dio la alarma, solo me sonrió dulcemente, como si hubiera sabido todo el tiempo que yo estaba allí.

Me fui sin hacer ruido antes de que terminaran y me descubrieran. Al poco de vagar en la oscuridad del bosque, la suerte quiso que diera con mis amigos y, aunque insistieron para que les llevara hasta la cabaña cuando les conté toda la historia, nunca fuimos capaces de volver a encontrarla.

¡Felíz año nuevo! Una vez más, he intentado que el personaje narrador fuera neutro (¡cómo cuesta algunas veces!), me refiero a que en ningún momento dejo ver si es un hombre o una mujer... ¿A quien te imaginas tú? ¿A ti mism@ o a mi...? ¿Quien es el objeto de deseo de la persona que mira, la chica atada y sometida, el hombre de los tatuajes o la situación en si? ;)

domingo, 15 de agosto de 2010

Sueño


Abro los ojos, aunque sé que sigo dormida. Tiene que ser un sueño, porque tú estas ahí, frente a mí, desnudo contra la pared, masturbándote despacio mientras me miras fijamente, tocándote por mí, para mí, preparando tu polla para destrozarme con tu pasión, aunque en realidad sé que estás muy lejos, en tu ciudad, en tu casa, con tu familia, terriblemente lejos de este cuerpo mío que añora tus caricias con desespero.

Las farolas de la calle, a través de la persiana medio bajada, dibujan rayas de tenue luz amarilla sobre tu piel lampiña, que recuerdo tan suave. Me encanta tu forma recortada por las sombras, tus brazos musculados, esas piernas tan largas, los rizos de tu pelo negro alborotado, esa mirada tan intensa que me hace desearte, un deseo poderoso que acelera mi respiración y hace palpitar mi sexo, pero aunque susurro tu nombre y te lo pido, no vienes a mí.

Descubro que no puedo moverme: mi cuerpo forma una y griega invertida sobre las sábanas: mis muñecas atadas juntas al cabecero, mis piernas abiertas de par en par, sujetas al cable que tengo para tal menester bajo mi colchón mediante tobilleras de velcro. Abierta, desnuda y expuesta, como una ofrenda para ti. Y no hay cosa que más quiera que ser tuya otra vez.

Es cuando ella cruza la puerta de mi habitación, ataviada con un sexy conjunto negro y el pelo recogido sobriamente en una cola de caballo en su nuca, cuando sé sin duda que es un sueño, pues soy yo misma aunque diferente, su cara es la mía, pero su actitud es segura y sensual y su cuerpo muy hermoso. Me gusta, me excita. Quiero que se acerque a mí, estoy segura de que ella sabe mejor que nadie las cosas que me ponen cachonda. Me acaricia lentamente, bajando por mi anatomía, su objetivo está muy claro, me habla con voz suave pero sus palabras son duras, groseras, justo las cosas que quiero oír, sus dedos juguetones alcanzan mi clítoris y no puedo evitar gemir y humedecerme aún más. Me pregunta si quiero que me folles y yo suplico una vez más.

A un gesto suyo te lanzas como un animal sobre mi, penetrándome violentamente, moviéndote como sólo tú sabes hacerlo, tus grandes manos en mis nalgas, abriéndome aún más, tirando de mí hacia arriba, para hundírmela hasta los huevos, yo arqueo la espalda, en un desesperado intento de aliviar la tensión en mis piernas prisioneras. Me vuelve loca verte así, tan primario, tan brutal. Y yo me siento tan pequeña e indefensa, siento que te pertenezco tanto que estoy a punto de llorar. Mi boca busca la tuya, nuestra saliva se mezcla. Eres dulce en tu rudeza. Tus ojos verdes son mágicos, me hipnotizan.

La mano derecha de ella sigue entre nuestros cuerpos, buscando darme más placer, a la vez que con la izquierda tira de mi pelo para hacerme girar la cabeza mientras me insulta de nuevo, mostrándote mi cuello, que tú te lanzas a morder. Sabes que eso me pierde. Lo sabes pero lo haces igualmente, estoy temblando bajo tu poder.

Siento los músculos de mi coño contraerse en espasmos de un orgasmo sublime, mientras te quedas quieto muy dentro de mí, disfrutando de la expresión de éxtasis en mi cara y ella no para de masturbarme, haciendo que me parezca infinito.

Apartas su mano y metes profundamente tus dedos, sabiendo bien lo que haces, empujando hacia arriba, y en pocos minutos vuelvo a correrme, deshaciéndome en un fluido transparente y salado que empapa tu mano y mis sábanas. Apenas unos segundos de descanso y repites los mismos movimientos y de nuevo grito con un orgasmo especial, amor líquido que se derrama en tu boca, tu lengua acaricia y recoge cada gota que moja mi piel vibrante, la sensación es maravillosa, cuánto he echado de menos esta lengua tuya que tan bien me conoce. Nadie me come el coño como tú.

Y me besas con ese sabor agridulce de mi sexo en tus labios, apasionadamente, beso que me despierta como a las princesas de los cuentos.
Estoy libre de mis ataduras en esta noche solitaria, pero atada a ti con un lazo invisible, aún en la distancia. Caliente, tan solo esperando el momento de volver a dormirme y soñar contigo, el momento de volver a tenerte junto a mí.
Mi amante, mi niño, mi sueño prohibido. Vuelve pronto.
Para Juanma. No hay palabras suficientes para decirte cuánto te necesito.

domingo, 8 de febrero de 2009

Encuentro

Suena el interfono a la hora señalada y abro sin preguntar. Vuelvo corriendo a mi sitio. Oigo el sonido del ascensor. Él llega al rellano, donde le reciben cuatro puertas cerradas. Levanta el felpudo semicircular con una flor naranja y, tal como habíamos acordado, allí le aguarda mi llave y una nota: "Te espero en la habitación del fondo del pasillo, con los ojos vendados..."

Espero nerviosa sobre la cama, vestida sólo con un conjunto de lencería negra, medias y zapatos de tacón. Le oigo entrar en el piso, caminar por el pasillo, noto su presencia en la habitación, escucho la puerta al cerrarse tras él.

Es nuestro primer encuentro. Desde que nos conocimos en una página de contactos para adultos no nos hemos visto más que en foto y por la webcam en el messenger. Pero sus ojos verdes me hechizaron, esa mirada electrizante. Y sus fantasías tan similares, tan complementarias a las mías, que me tenían soñando con volver a escribirnos cada noche.

Muchas veces me había masturbado pensando en él y él me había confesado que también lo hacía pensando en mi. Así que en nuestra primera vez juntos habíamos acordado este pequeño juego, con un punto peligroso que me está volviendo loca, una mezcla de terror y sensualidad que me corta el aliento. Confío en él... ¿Hago bien? ¿Debería desconfiar? ¿Y si me hace algo...?
Noto sus manos, grandes y calientes, recorrerme, despertar mis sentidos, descubriendo mis formas... Me besa, siento el deseo poseerme en oleadas ardientes, ya no siento ningún miedo, mi boca se abre buscando la suya, ansiosa por tenerle. Él me esquiva, juguetea conmigo, provocándome... Oigo el sonido de su ropa al caer junto a mi cama mientras se desnuda.

No me deja tocarlo mientras me va desnudando, separando mis piernas, indagando con sus dedos en mis recovecos más íntimos, que le esperan húmedos y calientes, palpitantes, reaccionando al contacto... Los gemidos se me escapan entre los labios, que muerdo, en un vano intento de acallarlos.

Se estira lentamente sobre mi, lamiéndome, besándome, acaricio su espalda y me sorprende lo amplia que es, un cuerpo como yo lo había soñado. Oigo su voz, apenas un ronco susurro, en mi oído y no puedo evitar temblar de deseo. Baja y baja, hasta acabar con su boca en mi coño hambriento. Me aferro a su pelo, moviéndome sobre su lengua, guiando su ritmo hasta perder el control, mis ojos cerrados bajo la venda, todos mis sentidos alerta, sus maravillosos dedos muy dentro de mi, sintiendo mis sacudidas de placer.

Le pido más y él me lo da. Me quita la venda de los ojos, me encuentro con su sonrisa cálida y esos ojos de ciencia ficción. Me gusta muchísimo. Es un hombre muy hermoso, moreno, grande...

Me toma del pelo, me hace incorporar, mi boca pide su sexo, me lo trago vorazmente, deseosa de regalarle un placer tan intenso como él me ha dado. Sé con certeza que mi lengua no le va a decepcionar, se que soy muy buena. Pronto me pide que pare, que quiere follarme...

A cuatro patas le ofrezco una buena visión de mi trasero, abriéndome para él, que me embiste con fiereza, clavándome en el edredón, mientras yo remato la faena sobre mi clítoris, escondiendo la cara en la cama, ahogando mis propios gritos, él continúa con fuerza sin darme tregua, lanzando los improperios que tanto me excitan, hasta sentir que un orgasmo me invade de nuevo.

Me pide que se la chupe otra vez, que quiere acabar en mi boca y yo cumplo sus deseos hasta que se derrama sobre mi, sobre mis labios empapados que él busca con los suyos para compartir su esencia entre los dos, jugando con su semen en un beso infinito...

Pasamos un rato en la cama, charlando, abrazados, pero el tiempo está en nuestra contra y él ha de marchar, pues vive lejos. Mientras se vuelve a vestir con su tejano oscuro y roto en puntos estratégicos, una camiseta de rayas anchas muy ceñida y un abrigo de estilo marinero, vuelvo a desearle intensamente, me abrazo a él completamente desnuda, sintiéndome muy pequeña (él mide metro noventa o más, yo sólo metro sesenta...) y me dejo acariciar de nuevo por sus enormes manos, pero no puede ser, no puede quedarse.

Me promete que volveremos a vernos pronto, que aún hemos de realizar muchas de nuestras fantasías juntos. Y yo se que moveré cielo y tierra por que así sea.

Para Alberto. Te deseo mucho, mi peke.

domingo, 26 de octubre de 2008

Rodaje

Escena 1
Exterior Calafell, Día.

Es una atípica mañana de Octubre, muy soleada y calurosa. VICKY, una mujer de treinta y tantos, de pelo rojizo y ojos expresivos espera algo nerviosa, sentada en un banco frente a la estación del tren, con un vestido corto verde hierba, medias negras y botines. Lleva una mochila grande. Un chico musculoso, rubio y alto, ataviado con jersey verde oscuro y pantalones anchos del mismo color se acerca a ella. Es GIOVANNI.

GIOVANNI: ¿Eres la chica? (Su acento delata que es extranjero)
VICKY (con una sonrisa): Supongo que sí.
GIOVANNI: Anne y Markus nos esperan al otro lado de la calle...

Ella se levanta y le acompaña. Cruzan por un paso subterráneo juntos.

VICKY: Parece que nos hayamos puesto de acuerdo para vestir del mismo color...

GIOVANNI asiente con una amplia sonrisa que muestra sus dientes ligeramente separados, lo que le da un aspecto muy simpático. Tiene unos bíceps enormes y un pecho impresionante. Parece bastante joven y un poco tímido, algo curioso para un actor porno.

Ya en el otro lado, ven venir a ANNE y MARKUS, los realizadores del proyecto. Ella es una pelirroja natural, pecosa y pequeñita, muy alegre y pizpireta y él un tipo fornido, de cabello castaño que lleva peinado hacia atrás. Trae una maleta grande. Los dos llevan gafas de sol. La juerga de la noche anterior se nota en su aspecto algo cansado.

ANNE: ¡Qué puntuales!¡Que bien! Cuanto antes empecemos, antes estaremos libres...

Los cuatro se dirigen al apartamento de la playa paseando y conversando. Hacen un par de paradas: ANNE entra en un bazar para conseguir un delantal de plástico, que tiene dibujos de conejitos y luego en un súper para comprar unos bombones y algunos vegetales. Saludan a diferentes vecinos del pueblo, todos saben quienes son y a lo que se dedican y no parece importarles. Por el camino, ANNE le va explicando a VICKY en que consistirá la escena que van a grabar, dándole indicaciones.

Escena 2
Interior Apartamento, Día

Nos encontramos en la cocina del apartamento de la playa. La decoración es sencilla, casi todo es blanco y azul. VICKY se ha cambiado, lleva un conjunto de lencería rojo y negro, medias y zapatos de tacón muy altos y el delantal de conejitos. Ha resaltado su maquillaje. Mientras la cámara la enfoca, habla con ella y lava un pepino y un par de pimientos verdes, explicando que ha invitado a comer a su chico y que la higiene de los alimentos es muy importante. Sus manos se vuelven libidinosas sobre la forma del pepino, recorriéndolo arriba y abajo con suavidad bajo el chorro de agua fría.

VICKY (a la cámara, con una sonrisa pícara): Me está entrando hambre...

MARKUS la graba saliendo del encuadre y luego, retoma la secuencia con ella sentada en un sillón de mimbre blanco.

Deja los pimientos y el pepino sobre una mesita de cristal y se quita el delantal, enseñando bien la lencería sexy. Mientras VICKY se acaricia con los pimientos, muy sensualmente, tiene un atisbo del fondo de la habitación. ANNE espera entre toma y toma para hacerle fotos y GIOVANNI la observa con curiosidad. Se concentra en él, en seducirle con su actuación, en excitarle. Estimula sus pezones con la punta de los pimientos mojados. Luego cambia de vegetal, se acaricia con el pepino, lo frota entre sus pechos, lo lame, intenta introducírselo, apartando levemente sus braguitas de encaje, pero aún no está preparada, por lo que sigue jugando a masturbarse con él, frotándose el clítoris con su forma rugosa.

VICKY (mirando su reloj): Oh! ¡Vaya! ¡Que tarde se me ha hecho! Voy a cambiarme antes de que llegue mi chico...

Escena 3
Interior Apartamento, Día

VICKY está sentada en un sofá azul oscuro. Lleva un corsé negro que resalta su piel tan blanca, marcando su cintura estrecha y sus grandes pechos. También una gargantilla de cuentas negras. Se está masturbando con un consolador de color violeta. Se oye un portazo a lo lejos.

VICKY (mirando hacia fuera del encuadre): ¡Hola cielo! (dándose cuenta de lo que tiene en la mano, esconde su consolador bajo los cojines del sofá) ¡Estoy aquí!

GIOVANNI entra en escena. Lleva una camiseta de tirantes verde que muestra su fuerte anatomía y los mismos pantalones anchos. Se dan un beso. Comienza a acariciarla provocativamente, ella responde palpando el impresionante bulto de su verga bien dura, él comienza a empujarla para que se tumbe en el sofá y, en un descuido voluntario, ella deja a la vista el consolador.

GIOVANNI: ¿Qué es esto, cariño? ¿Qué has estado haciendo?
VICKY: He estado jugando un rato sola... ¡Tenía muchas ganas de que llegaras! Me apetecía mucho algo... verde (con un guiño a la cámara, acariciando su camiseta)

GIOVANNI la masturba con el consolador. VICKY se deja llevar, se olvida de que la están grabando, se concentra sólo en disfrutar de la pericia de su experimentado compañero. Se siente excitada, no puede evitar ponerse a gemir. Quiere complacerle, disfrutar ya de su tranca, así que se la saca y empieza a chuparsela con maestría. Se mueven despacio para que la cámara capte bien sus cambios. Él se sienta en el sofá, ya sin pantalones, y MARKUS les da indicaciones de cómo han de hacer para quitarle la camiseta al chico y que quede bien en la película, así que siguen sus instrucciones y ella acaricia sus marcados abdominales, ardiendo en deseos de que la posea ya.

Escena 4
Interior Apartamento, Día

VICKY está de rodillas sobre el sofá. Se desabrocha lentamente el corsé y se lo quita. Se estira y GIOVANNI recorre su piel con un bombón, lamiendo los rastros de chocolate fundido que van quedando marcados, haciéndoselo comer de sus dedos cuando ya está casi completamente derretido. Le quita las bragas. ANNE le sugiere que aprovechen que los pechos de VICKY son grandes para grabar una buena “cubana” y lo hacen así durante unos largos minutos, GIOVANNI empuja su pollón entre sus tetas hasta metersela de nuevo en la boca, ella juega a hacerle cosquillas en la punta con su lengua.

ANNE: ¡Perfecto! Ahora rodaremos la penetración. ¿Dónde están los condones?
VICKY (recordando algo con sorpresa): ¿Sabes? ¡Llevo un condón con sabor a chocolate en mi bolso!
ANNE: ¿En serio? ¡Tráelo, tráelo!¡Puede quedar muy divertido! Tú puedes hacer como que lo has comprado para la ocasión...

VICKY va a buscarlo y GIOVANNI se lo pone. Ahora tiene la gran polla de color marrón y ANNE, MARKUS y VICKY hacen bromas al respecto, que él ríe. VICKY se la chupa un poco más, pero realmente no hace falta, sigue como una piedra. Se pone a cuatro patas en el sofá y él la penetra por primera vez. Ella chilla. Es más grande de lo que esperaba, le duele un poco, pero pronto se acostumbra y comienza a disfrutarlo. Es bueno, muy bueno. GIOVANNI le pega cachetadas en las nalgas, tal como habían acordado. VICKY recuerda que, un rato antes, se encontraron en el pasillo del apartamento, al salir del cuarto de baño compartido.

VICKY: Oye, a mí me encanta el sexo "durillo", así que si te apetece darme palmadas en el culo, o tirarme del pelo, o decirme algo, adelante, no te cortes.
GIOVANNI (asintiendo, sonriente): Sexo duro, sexo duro... Ok, lo recordaré.

ANNE les indica que cambiarán de posición, ahora harán “el cowboy”: él sentado en el sofá, ella sentada sobre él, cara a cara y les recuerda que el movimiento de entrada y salida del pene ha de hacerse lentamente, con todo el recorrido, para que quede bien grabado. VICKY se sienta sobre él, muy abierta y se mueve con naturalidad. Toma la cara de GIOVANNI entre sus manos, le besa y se deja hipnotizar por los preciosos ojos verdes y dorados de su compañero, sintiéndose como si sólo estuvieran ellos dos allí sentados, nadie más mirando, echando un polvo en su apartamento de la playa.

Cinco minutos después, ANNE les avisa de otra postura, “la cowgirl”, él sigue sentado, ella sobre él pero mirando hacia afuera, ligeramente caída hacia un costado, aguantando su peso sobre una mano, para que así también la cámara pueda captar la cara de GIOVANNI, que sujeto a sus caderas, no deja de empujar una y otra vez.

GIOVANNI: ¡Me encantan tus curvas!... ¿Te gusta, cariño?
VICKY: ¡Siiiii!¡Sigue, sigue, no pares...!

MARKUS se planta delante de ella, grabando. VICKY puede contemplar en la pantalla de la videocámara el primer plano de la enorme polla marrón entrando en su coño empapado y eso la pone mucho más cachonda. Entre la postura y el terrible calor que hay en la habitación (han tenido que cerrar la balconera porque se oía el ruido de los niños jugando en la playa), en otros cinco minutos, VICKY y GIOVANNI han de tomarse un respiro para recuperar fuerzas y limpiarse el sudor que resbala por sus cuerpos.

Retoman la grabación con una nueva postura. Lo que empieza como un “misionero” clásico, termina con las piernas de VICKY sobre los fuertes hombros de GIOVANNI, en una penetración muy profunda. Esa es, sin duda, su posición favorita y VICKY se deja llevar, con los ojos cerrados, la cabeza colgando por el borde del sofá, su melena rojiza desparramada hasta el suelo. Siente llegar un orgasmo y se pregunta si debería controlarlo, pero es demasiado bueno para conseguirlo y, al correrse, puede ver la cámara de MARKUS grabando un primer plano de su cara, es muy posible que sin saber lo que está pasando realmente entre sus piernas.

ANNE y MARKUS calculan cuanto más necesitan para cubrir los treinta minutos que más o menos debería durar la escena en la película. Ya tienen grabado casi cuarenta y cinco minutos. Deciden que rodarán una posición más y luego la corrida del chico.

MARKUS: Ahora una de lado... ¡que no es pecado! jajaja

VICKY se siente muy bien, aunque esta posición le resulta incómoda: GIOVANNI ocupa todo el espacio tras ella en el sofá y la empuja con sus movimientos hacia afuera, por lo que ha de mantener el equilibrio con una mano en el suelo y la pierna levantada.

ANNE: Eres muy elástica y expresiva, esto va a quedar muy bien. Bueno, ahora ¡la corrida!

GIOVANNI se quita el preservativo con un chasquido. ANNE pregunta con curiosidad si realmente sabía a chocolate y la respuesta de VICKY le parece tan divertida que la incluyen en el diálogo.

GIOVANNI: Dime, cariño, ¿el condón sabía a chocolate?
VICKY: Sí, a chocolate sin leche (y, mirando a cámara con una sonrisa pícara), la leche la pones tú...

GIOVANNI se masturba con precisión y enseguida llena la boca de VICKY con su abundante semen, que gotea sobre sus pechos y ella comprueba, sorprendida, que es el mejor que ha probado nunca, tiene un sabor exquisito que no la disgusta en absoluto.

Escena 5
Interior Apartamento, Día

VICKY y GIOVANNI se han vuelto a poner la ropa de calle y, tras firmar papeles para ANNE y MARKUS y cobrar sus estipendios, se despiden de ellos hasta una próxima ocasión y salen juntos a la calle para ir a tomar el tren de vuelta a la capital.

Escena 6
Exterior Calafell, Día

VICKY y GIOVANNI caminan en dirección a la estación. VICKY se da cuenta de que él se le acerca mucho y acaba rozando, casi sin querer, el bulto que vuelve a asomar en sus pantalones. De nuevo la tiene durísima.

GIOVANNI: Es que me has puesto muy cachondo
VICKY: ¿Sí?
GIOVANNI: Sí...

Pasean hablando de sus experiencias personales en la vida y, sobre todo, en el sexo, se dan los teléfonos, las direcciones de mail. Mientras esperan a que sea la hora, se meten mano abiertamente, sentados en el banco del andén y deciden que, en cuanto llegue el tren, se encerrarán en los lavabos a echar un polvo sin restricciones.

Escena 7
Interior Lavabo del tren, Día

Dentro del pequeño cubículo, dejan sus mochilas y parte de su ropa donde les es posible y VICKY se la come con deleite mientras permanece en cuclillas. Ahora puede realmente mostrarse como es, seduciéndole con su mirada y con sus palabras, sintiendo que su entrepierna está muy mojada. GIOVANNI disfruta de la mamada, pero lo que quiere realmente es clavársela sin demora, así que la hace levantarse y, tras colocarse otro preservativo, la pone de cara a la pared y se la mete con fuerza. El pasar de las sombras en el exterior, a través de la ventana mate, y el movimiento, les indica que ya están en marcha. Es excitante. VICKY nunca había hecho algo parecido, pero le gusta. Puede ver su cara en el espejo, transformada por el placer, y la de él, que ahora no tiene que controlarse para hacerlo durar y se nota que está disfrutando.

VICKY: ¡Así, cabrón! ¡Dame fuerte! ¡Castígame! Ahhh!! ¡Qué rica! ¡Me encanta!

VICKY se sienta sobre el minúsculo lavamanos metálico, con las piernas muy separadas, un pie apoyado en la pared contraria, GIOVANNI se abraza a su cintura, follándola sin compasión. La maneta de la puerta se mueve, alguien está intentando entrar. VICKY no reprime sus gemidos, es bastante probable que fuera se esté oyendo todo. La excitación del momento, el calentón, hace que se corra muy rápido y, al cabo de un momento, GIOVANNI también lo hace.

Se vuelven a vestir con prisa y, al salir, disimulando, se encuentran con una familia hindú al completo. Un NIÑO y una NIÑA pequeños los observan sin entender lo que pasa, pero el PADRE los fulmina con la mirada. VICKY y GIOVANNI se van hasta el fondo del vagón, riendo.

Escena 8
Interior Vagón, Día

Siguen haciendo manitas en sus asientos, haciendo planes para volver a encontrarse, hasta la parada en la que debe bajar GIOVANNI, que se pone en pie, arreglándose el pantalón, que vuelve a tener un bulto evidente.

GIOVANNI: ¿Se me nota mucho? ¡Me has vuelto a poner como una moto! ¡Eres una pasada de mujer! jajaja Nos volveremos a ver pronto...

Se dicen adiós por la ventanilla y, una vez sola, VICKY se maravilla de la experiencia que acaba de vivir. No termina de creerse todo lo que le ha sucedido esa mañana. Ha sido más divertido de lo que esperaba el participar en el rodaje de una pelicula porno.

Dedicado a Dalila Ray, por llenarme la cabeza de pájaros, a Jeremie por su paciencia y simpatía y, sobre todo, a A&M, por su naturalidad y buen hacer. Besitos, fieras!!