domingo, 7 de septiembre de 2008

Vibración (Entrega 3)

Mi Amo me ha dado una dirección a la que me ha ordenado que me dirija. Desconozco cual puede ser su propósito, qué habrá ideado para este nuevo encuentro, y eso me excita y me intimida a la vez. Cuando llego allí, descubro con sorpresa que es su propia casa, en la que nunca había estado.

Me recibe educadamente, me pone una bebida y me pide que le espere sentada en su salón mientras se arregla.

Su piso es sencillo, acogedor, muy básico. Cocina amplia y muy recogida, un salón comedor amueblado tan solo con un gran sofá rojo en el que me encuentro, una lámpara de pie que irradia una luz tenue, una mesita de centro y un mueble sencillo donde reposa el televisor, muchos libros, algunos discos de vinilo, un equipo de música y sus altavoces.

Dos habitaciones, una habilitada como un pequeño despacho, atiborrada de papeles y libros en estantes cubriendo la pared y una enorme mesa con un ordenador; la otra el dormitorio, al que se accede por un vestidor muy elegante. Una gran cama preside la estancia, cubierta con unas sábanas negras y muchos pequeños cojines rojos apilados en la cabecera. Un espejo cubre toda la pared lateral, haciéndola parecer más amplia. Unas lamparitas de diseño descansan sobre las mesillas de noche. Todo tiene un aspecto elegante, pulido, cuidado y a la vez nada recargado. Eficiente y sobrio, como él, con un punto misterioso.

Me observa provocadoramente mientras se desnuda ante mí y se dirige al baño. Sabe que le desobedeceré y no seguiré aquí sentada, que me acercaré a deleitarme con la belleza de su cuerpo bajo el agua, soñando con los ojos abiertos con todos los placeres que adivino me proporcionará durante esta noche.

Se mete en la ducha y yo le sigo hasta la puerta del lavabo. Tanto el suelo como las paredes son de pizarra negra, el cubículo de la ducha separado por una mampara de cristal que deja abierta mientras se moja.

No puedo resistir la visión de su cuerpo empapado, cómo las gotas caen por su piel, cómo cierra los ojos mientras tira hacia atrás su pelo mojado. Le deseo intensamente. Pronto me he desnudado y metido allí con él, acariciando su cuerpo, cayendo de rodillas a sus pies, enjabonando con delicadeza éstos, sus pantorrillas, sus muslos, deseosa de alcanzar su sexo que ya crece palpitante, pero no lo haré si él no me da su permiso, sus ojos contemplando con orgullo cómo los míos le expresan toda mi adoración por él mientras el agua golpea mi rostro. “Sabes que tendré que castigarte por esta falta, ¿verdad?“ me dice, sonriente “pero eso será luego”. Me toma tiernamente de la barbilla y se introduce en mi boca, que le espera abierta cual devota recibiendo la comunión.

“Mantén las manos a la espalda” me ordena, agarrado a mi pelo, imprimiendo fuerza a su vaivén, dominando una vez más la situación, como sabe que a ambos nos gusta. No las necesito, son mis labios y mi lengua lo que le harán deshacerse de placer. La siento entrar hasta mi garganta, lo que me hace toser un poco y él aún se excita más. Le veo observar la corriente de agua deslizándose por mi espalda arqueada hasta llegar a mis muñecas cruzadas sobre mis nalgas como si estuvieran atadas.

Me hace cambiar de posición, en cuclillas pegada a la pared. Aprieta mi cuello mientras se sigue follando mi boca, me siento atrapada entre su mano y la fría pizarra, casi sin aire que respirar. El agua golpea mi cara y cae entre mis pechos hasta alcanzar mi coño abierto, produciéndome un cosquilleo agradable que se mezcla con el calor que ya sentía. Mi mirada le expresa mi total entrega a sus deseos. Él acaba en mi boca y yo me lo trago todo, feliz de ser su recipiente.

Me hace esperar en pie mientras él se seca y luego procede a secarme a mí, meticulosamente, con delicadeza y ternura, me hace sentir muy pequeña y cuidada. Sé sin lugar a dudas que soy suya, una muñeca viva con la que jugar siempre que le apetezca, que aceptaré lo que él quiera hacer conmigo, que su placer es mi placer, que mi corazón es suyo.

Me lleva de la mano hasta su dormitorio. De una de sus mesillas de noche le veo extraer algo. Me hace separar las piernas y me lo va colocando. Es un arnés que sujeta una mariposa de silicona azul, con dos protuberancias en su cara interna que guardan unas pequeñas balas vibradoras: una se introduce en mi vagina y otra queda sobre mi clítoris. Va con mando a distancia, me explica, y lo habré de llevar puesto durante la cena. Luego extrae de uno de los armarios de su vestidor un precioso vestido azul de tirantes, escotado, muy vaporoso y veraniego, parece trasparentarse. Lo ha comprado para mí, para esa noche, y lo he de llevar sin ropa interior.

Ha reservado mesa en un caro restaurante. Cuando entro siento las miradas siguiéndome, yo me aferro a su mano y me dejo guiar, un poco cohibida... ¿se habrán dado cuenta de que no llevo ropa bajo mi vestido? Tengo miedo de que, con lo mojada que estoy se me vaya a caer el pequeño vibrador y aprieto las piernas, pero eso no es posible, siento las cinchas del arnés en mis muslos y mi cintura... Saber que guardo semejante secreto entre las piernas me hace sentir muy cómplice suya, especial y expuesta... y muy caliente.

Al probar el vino que nos sirve el joven camarero que aguarda mi veredicto para continuar escanciando, noto una potente vibración en mi sexo y mi Amo me sonríe con una expresión inocente. “¿Te gusta?” me pregunta, no sé si refiriéndose al vino o al juguetito... “Me encanta” contesto casi sin respiración, temerosa de que el zumbido llegue a oídos de alguien más, y el camarero acaba de servirnos. Mi Dueño se está divirtiendo de lo lindo al verme intentar controlar lo excitada que estoy y, con el mando en la mano a la vista de todos, que por supuesto desconocen lo que es, va cambiando la intensidad y la forma en que vibra el aparatito. Cuando creo que no podré resistir más, lo para, con una risita. Y así continua durante toda la cena: cuando menos lo espero, lo conecta, me pone al límite y lo vuelve a apagar. Al llegar a los postres, me acaricia la mejilla con dulzura, sabe que estoy en tensión, deseando que lo vuelva a hacer, de sentir esa vibración y que me permita correrme por fin.

Volamos de vuelta a su casa y me desnuda antes de llegar a su cama. Él también quiere más de mí, me debe ese dulce castigo prometido. Los cojines acaban esparcidos por el suelo. Escondidas tras ellos, hay un par de muñequeras de cuero atadas al somier de la cama y me amarra a ellas. “Hoy no te voy a follar” me anuncia y siento que me desespero. ¿Qué me va a hacer, entonces? Le deseo, deseo sentirle dentro de mi... Me quita el arnés lentamente, haciéndome sufrir de impaciencia y me hace permanecer estirada mientras vuelve a buscar en su mesilla de noche.

Agazapado entre mis piernas separadas, me introduce con facilidad un vibrador de formas curvilíneas, con forma de S, que estimula mi punto g y mi clítoris a la vez, haciéndome gemir de gusto, temblando. Cierro fuertemente los ojos, concentrándome en su voz susurrante que me cuenta lo mucho que le gusta verme así, humillándome con insultos por estar tan cachonda, prometiéndome mil nuevos castigos si no acato sus designios y yo apenas consigo contestar con monosílabos.

Con una sonrisa en su cara, eleva el vibrador, apretando firmemente su punta contra la parte superior interna de mi coño, haciendo sitio en la entrada de mi vagina y mete también otro vibrador que tenía preparado y yo no había visto, éste de forma fálica. Lo noto entrar muy adentro, vibrando con fuerza, y grito, sacudida por un intenso placer. El clítoris, el punto g, la parte más profunda de mi coño, todo vibra con sus juguetes, que él controla con una sola mano, mientras mantiene mis piernas bien abiertas con sus rodillas y tortura mis pezones con pellizcos con la otra. Siento un estremecimiento en todo mi cuerpo, un orgasmo poderoso me conmueve, y luego otro y otro más... parece no acabarse nunca, permanezco con la boca abierta y los ojos en blanco, incapaz ni de emitir sonido, sin aliento...

Los vibradores no se cansan, siguen y siguen sin parar, le suplico que pare, pero este es mi castigo y no lo va a hacer. Mi Amo me hace girar sin sacarlos, estoy rendida, sin fuerzas ya, y me penetra por detrás con su polla enormemente hinchada, no ha podido resistirse a tenerme así, mientras me sigue hundiendo el de forma fálica en mi coño chorreante. El placer es indescriptible, me hace llorar, me siento totalmente en su poder, quiero que disfrute de mi tanto como él me hace disfrutar y así se lo hago saber. Le pido que me destroce, que me folle el culo como nadie más lo ha hecho nunca. Sé que ahora él puede notar la vibración también, en su tranca, en sus huevos y eso le está poniendo a mil. Sus embestidas son fuertes, sus dedos se clavan en mis hombros, me muerde en la nuca, me tira del pelo y siento sus cachetadas en las nalgas, hasta que su orgasmo se propaga por mi cuerpo, su polla palpita dentro de mí, me llena con su leche caliente y yo me corro al sentirle así, entregado a mí, sabiendo que he hecho lo correcto y ha quedado complacido con mi servicio, una vez más.

De nuevo, para Jose. Despiertas mis sentidos.
Un detalle curioso: me inventé lo del arnés vibrador con forma de mariposa y mando a distancia y, curiosamente, buscando alguna foto por Internet para adornar el relato, he encontrado que existe de verdad. Como siempre, la realidad supera a la ficción o ya no queda nada por inventar...

domingo, 25 de mayo de 2008

Mazmorra

El Rainbow, local swinger de Barcelona, sábado por la noche.

Imagíname en su mazmorra.
Un espacio de unos seis o siete metros cuadrados, las paredes forradas con papel pintado imitando ladrillo y adornadas con un par de cadenas. En el centro de la estancia, colgado del techo, un columpio de arneses. En la pared de la izquierda, un saliente con un banco acolchado. Y en el rincón de la derecha, justo frente a la puerta, que está tapada con un biombo, una pequeña jaula de madera.

Dentro de ella, atornilladas a la pared, unas muñequeras de cuero con cierres metálicos situadas a cada uno de los extremos de una barra de hierro.

Y yo allí atada, desnuda, mi espalda contra la fría pared.

Sobre mi cabeza, en la esquina de la habitación, un estante con una lámpara que imita un pebetero con fuego y que da una luz anaranjada, ténue y cálida y, junto a ella, la bebida de mi acompañante en un vaso de tubo.

Hemos dejado nuestras toallas en la parte superior de la jaula, colgando sobre los barrotes, tapando la visión de los que se asoman con curiosidad por la puerta de la mazmorra, creando una atmósfera privada para nosotros, a pesar de estar en un sitio público. Nadie nos ve, nadie nos oye, estamos solos él y yo y mi pequeña fantasía perversa.

Él está agachado, entre mis piernas, levantando la derecha sobre su hombro, aplicando su lengua con intensidad en mi clítoris mientras sus dedos enormes entran y salen de mi coño, apretando muy dentro de mi.

Estoy temblando, llevo deseando esto desde hace mucho, desde que vi que habían instalado esa barra con muñequeras mi imaginación se había desbocado, soñando con estar así atada, con él comiendome como nadie más sabe hacérmelo, o jugando conmigo, con ese vibrador de lujo, estimulador del punto g, que tiene en su casa y que sabe que me vuelve loca, mi amigo, como él lo llama.

Estoy terriblemente excitada, después de haber estado follando con él en el jacuzzi del local y en la cama grande, delante de toda esa gente desconocida que se acercaban a acariciarme suavemente mientras él me poseía, pero mi mente ya estaba puesta en la mazmorra, en sus grilletes, en vivir este momento. Me siento mucho más expuesta que antes, cuando podían verme los demás, me entrego sin reservas a mi hombre, soy totalmente suya y sólo lo deseo a él.

Clavo mis uñas en las muñequeras, que me quedan un poco sueltas, gritando de gusto mientras me corro. El orgasmo es tan brutal que eyaculo. Un chorro de líquido transparente empapa su brazo, chorrea por mis piernas y deja un buen charco en el suelo.

Él sigue masturbándome, con cara de sorpresa. No se lo esperaba, ni yo tampoco. Es la primera vez que me pasa en la vida, estando acompañada. En dos ocasiones lo había conseguido mientras me lo montaba sola, pero no me había sucedido con ningún hombre hasta ese momento.

Estoy en trance. Él se acerca mucho a mi cara, mirándome a los ojos, riéndose.

"¿Qué has hecho?... ¡Guarra!¡Mira cómo has puesto el suelo!" me dice, en un tono muy dulce y alegre. Yo gimo sin control.

Levanta mis piernas con sus brazos y me penetra con pasión. La tiene durísima. Me bombea una y otra vez, sus manos contra la pared, yo abierta de par en par, haciendo fuerza para sujetarme a la barra que me tiene presa, colgando de ella, mis brazos en tensión, temblando. Él me besa y luego recorre mi cuello con su lengua, me muerde los pezones, le oigo gemir sobre mi hombro, pero muy lejos, estoy en éxtasis, sólo siento el placer que me domina por completo. Hace que me corra de nuevo y me deposita en el suelo con suavidad.

Le veo, con los ojos entrecerrados, soltarme de mis ataduras, pero sólo para obligarme a girar y volver a amarrarme a la pared. Se pasea por la jaula, bebiendo de su White Label con naranja, contemplándo mi espalda, mi culo, decidiendo cómo torturarme un poquito más. Mi respiración es muy agitada.

Toma un cubito de hielo de su vaso y recorre mi piel ardiente y cubierta de sudor muy despacio, dejándolo gotear estrategicamente. Todo mi cuerpo tiembla sin control, mis ojos le suplican piedad, pero cuando me pregunta "¿quieres más?" con esa voz profunda y tan sexy le digo que sí. Sabe que siempre digo que sí. Le oigo reirse otra vez, complacido.

La gente entra en la mazmorra, alertada por mis gemidos, se asoman a la jaula y me miran. Le hacen preguntas sobre mi y se quedan unos minutos a contemplar el espectáculo. Me encanta.

Él sigue acariciándome con el cubito de hielo, ya queda un trozo muy pequeño y aguado, toda mi piel brilla bajo la luz anaranjada, mis pezones están tan tiesos que duelen. Apoyo mi mejilla contra la pared, casi al borde de las lágrimas, cuando me lo mete por el coño y acaba de derretirse allí, casi al instante. Es su dedo dentro de mi lo que me hace estar tan caliente.

Sus grandes manos me toman por las caderas, y me hace sacar el culo hacia afuera, arqueando la espalda. Estoy muy sensible en estos momentos, todas las sensaciones se magnifican. Primero me penetra violentamente, empapando su palpitante polla en mis fluidos, haciéndome gritar, pero no tanto como cuando, a continuación, me la mete por detrás y sus dedos buscan mi clítoris.

Vuelvo a correrme, entre espasmos. Él tira de mi pelo, me muerde el cuello, el hombro. Mis piernas tiemblan tanto que siento que no aguantaré en pie mucho más. Él parece darse cuenta y, soltando mis muñecas, me arrastra hacia el banco acolchado. Se sienta en él y me hace chuparsela y me aplico con deseo, agradecida.

Estamos solos en la habitación. Yo rezo mentalmente por que no venga nadie a tocarme, porque ahora sólo quiero dedicarme a él. Se lo merece, se lo ha ganado. Matrícula Cum Laude.

Con un pie en el suelo y otro en el banco, rodeando su cintura, me empalo en su verga, besando su boca, abrazada a su cuello, mientras él me sujeta por las caderas. Me la clavo hasta el fondo, me muevo arriba y abajo, pero mis piernas ya no me sostienen y me voy dejando caer hacia atrás. Acompaña mi movimiento, colocándose sobre mi, sin sacarmela.

Sujeta mis tobillos frente a su cara, mis rodillas casi me golpean el pecho de tan doblada como estoy y empuja con ímpetu. "¡Cabrón!" le suelto entre dientes, pero suficientemente alto para que me escuche. ¡Dios!¡Cómo me gusta!

Tengo los ojos en blanco, no puedo soportar tanto placer, la siento muy adentro, una vibración me hace estremecer y el orgasmo me alcanza entre sollozos.

Me deja abrir las piernas, se estira totalmente sobre mi cuerpo y me abraza tiernamente.

Estoy llorando, de pura felicidad, las palabras salen entrecortadas de mi boca. "Te quiero", repito un par de veces. Le siento correrse, por fin, sus gemidos me hacen enloquecer, me aprieta fuertemente contra él, yo me abrazo como si me fuera la vida a su espalda y mis piernas se atan a su cadera.

Nos quedamos así durante unos minutos, recuperando el aliento, disfrutando de las sensaciones, exhaustos, doloridos, satisfechos.

Susurro un "gracias" muy sincero junto a su oido y él me mira y me sonrie. Sus ojos brillan. "Me acordaré muchas veces de esto" le digo, riendo. Estoy segura de que él también.

Nos vamos a las duchas, cubiertos de sudor, cogidos de la mano.


Para Jose, el hombre que cumple mis fantasías. Te quiero, mi niño.

domingo, 18 de mayo de 2008

Lobo de caza



O como hacer trampas en un blog de cuentos jajaja. He decidido traducir al castellano este cuento que ya había publicado en catalán para que los que no entienden este idioma puedan disfrutarlo por igual. Perdón a los que esperabais algo nuevo.


El jueves casi le descubre, espiándola desde la acera contraria de la Rambla de Egara, cuando ella salía de una conocida tienda de ropa que antes había sido un cine.


La chica contemplaba con una sonrisa deliciosa el vestido rojo que se acababa de comprar mientras caminaba hacia la parada del autobus y, al girarse para ver si ya llegaba el 9, topó con su mirada. Él se hizo el despistado, continuó caminando como si tal cosa , un poco nervioso, pero ella no le dió mayor importancia, subió al autobus que justo paraba y desapareció.

Había empezado a seguirla un par de días antes, como sabía dónde trabajaba, se las había ingeniado para descubrir dónde vivía y esa mañana la había esperado vigilando su portal hasta que la vió salir y tirar hacia el centro de la ciudad, de compras.

La habia localizado en Internet hacía un mes, en una página de contactos para adultos, le hizo gracia que fuera de Terrassa como él y miró su perfil, picado por la curiosidad. Las cosas que explicaba le pusieron muy caliente, le gustó su estilo desinhibido y alegre, tentador pero sin vulgaridad, con unos gustos sexuales muy afines a los suyos y le envió un mensaje diciéndole "hola, vecina!" pero no recibió contestación.

Cuando miró sus fotos más atentamente, se dió cuenta de que la cara le era muy familiar, que, de hecho, la conocía. Aquella pelirroja exhuberante era una de las cajeras del super donde él iba a comprar al salir del trabajo. Nunca se habia fijado en ella mas que de pasada, una chiquilla de unos veinticinco años con el cabello recojido en una cola y con uniforme, como tantas otras. Ahora, cuando iba a comprar, nunca pasaba por su caja, así la observaba en la distancia, sus gestos, sus ojos ambarinos, sintiendo como la pasión crecía entre sus piernas con una palpitación sorda. Nunca se habría imaginado que, bajo aquella apariencia inocente, se escondía una pequeña fiera, tan sensual y sexual, que bajo aquel uniforme anodino hubiera un cuerpo tan voluptuoso. Se sentia enfermo de deseo, quería hacerla suya, hacerla temblar bajo su violento empuje, escuchar sus gemidos de placer, sus gritos de dolor... Se pasaba más tiempo del que hacía falta dando vueltas por los pasillos del super, haciendo ver que estudiaba los productos de los estantes, vigilándola a escondidas, hasta que ya parecía sospechoso y con un dolor casi físico tenía que salir y marcharse a casa, a pelársela una y otra vez. No podia dejar de pensar en ella.

Por las noches volvía a mirar sus fotos en el ordenador y se masturbaba imaginándola poseida por tres hombres a la vez, podía ver como la rodeaban en una pequeña habitación de hotel y la manoseaban, quitándole la ropa, acariciando su piel tan blanca y suave, quizás un poco bruscamente, uno de ellos tirando de su largo cabello de cobre para inclinar su cabeza hacia atrás y besarla libidinosamente mientras jugaba con sus pechos turgentes, los otros agachandose delante y tras ella, bien abierta de piernas, para saborear su jugoso coño y su culo con unas lenguas voraces, haciéndola gemir de gusto. Después era ella la que, de rodillas, rendía pleitesia a las tres grandes vergas que le eran ofrecidas, trabajándolas con las manos, lamiendolas y chupandolas sin parar mientras aquellos hombres la insultaban y le daban ordenes sobre lo que debía hacer. Se la imaginaba en la cama con ellos, dos dándole mucha caña a la vez por sus agujeros bien húmedos sin dejar de mamársela al tercero. Se corría enseguida al soñar su dulce cara transformada por el placer.

Un día se sorprendió de recibir contestación en su correo y, después de algunos mails divertidos y provocadores entre ellos, se intercanviaron los números de teléfono y empezaron a enviarse mensajes calientes y algunas fotos. Él le pasó una de su cuerpo sin enseñarle la cara y a ella le gustó, pero ante su insistencia, le acabó enviando una de su rostro, antigua y que no se veia del todo bien, un poco temeroso de que lo reconociera como cliente del super.

Quedaron para el sábado siguiente, en el Parc Vallés por la tarde casi noche, donde tendrian muchas opciones para pasar el rato, pues es una zona de restaurantes y locales diversos.

Desde entonces, había empezado a seguirla por las calles de la ciudad, siendo testimonio de sus preparativos para la cita, como un lobo solitario pesiguiendo a escondidas a su presa.

Por fin llegó el gran día. Ella le esperaba delante de los cines con zapatos de tacón y su nuevo vestido rojo. Éste se ajustaba a sus magníficas curvas destacando sus formas de reloj de arena, ondeando con la tíbia brisa estival y, al contemplarla, sintió que los colores le subian a la cara y como una tirantez cálida en su entrepierna.
Le hizo un chiste malo sobre la Caperucita y el lobo y ella, riendo, le dió un par de besos amistosos en las mejillas y fueron a tomar un café. Ella no dió señal de haberlo reconocido y se quedó mucho más tranquilo.

Pasaron un buen rato hablando de sus vidas y gustos, experiencias pasadas. Obviamente, él no le explicó lo atemorizadas que habian estado algunas de sus ex-amantes por culpa de sus obsesiones enfermizas y gustos peculiares, a alguna le habia hecho daño de verdad, propasándose en sus juegos, pero no se sentia culpable, contarle eso la habría asustado y nada más lejos de sus planes, él que parecía tan buen hombre, alto y guapo, cabello oscuro todavía, con alguna veta plateada, corto y bien cuidado, ojos verdes y sonrisa perfecta, el yerno que toda madre querría, con una edad sensata y un buen trabajo.

La conversación se fue haciendo más abierta y llena de insinuaciones y él le preguntó si querría venir a su casa. Ella sonrió complacida y, con los ojos muy brillantes, asintió con la cabeza.

La condujo hasta su sencillo piso sin ascensor en Ca N'Anglada. La arrambló por primera vez en el portal, iluminados solamente por las farolas de la calle, devorando su boca con ansia, dejando a sus manos descubrir aquellas carnes tan deseadas y ella le respondió con igual intensidad. Fueron subiendo tres tramos de escaleras entre risas y pellizcos a aquel culo redondo y prieto que se bamboleaba ante sus ojos hambrientos.

Una vez dentro del piso no esperó ni a quitarle el vestido, se lo subió hasta la cintura y le arrancó las bragas con violencia, obligándola a ponerse a cuatro patas en el sofá y, bajandose de un golpe los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas, le clavó sin contemplaciones aquella tremenda erección en su coño empapado y anhelante, una cueva caliente y segura para su animal. Ella jadeaba clavando las uñas en la tapiceria. Tanto deseo acumulado le hizo acabar enseguida, pero, consciente de que ella quería más, la tomó en brazos y la llevó al dormitorio.

Se acabaron de quitar toda la ropa, entre caricias y besos ahora más dulces. Le preguntó con tono misterioso si querría jugar con él a una cosa un poco arriesgada. Ella se mostró dispuesta, sin atemorizarse por el hecho de que fueran dos estraños, y no puso objeciones a ser atada con unas esposas sujetas a un cinturón anudado a la cabecera de la cama, ni a dejarse tapar los ojos con una venda negra.

Él la contempló un momento así, con una sonrisa torcida y ojos maquiavélicos, un sueño hecho realidad, su cuerpo desnudo, tembloroso, ofrecido a su voluntad. Ahora podría hacerle lo que le apeteciera y ella no se podría defender. Decidió lamerla entera, muy lentamente, empezando por los pies y subiendo muy poco a poco por las piernas, haciéndola sufrir al llegar a la cara interna del muslo, dejando chorrear su saliva sobre su clítoris, observando las reacciones de su vulva muy roja e hinchada que se abria para él; haciéndole cosquillas con la lengua y los labios en el vientre, en el ombligo, acercándose inexorablemente a los duros pezones rosados que apuntaban al techo, mordiéndolos suavemente al principio, después atrapándolos entre los dedos en un pellizco doloroso y llegando con la boca hasta su tierno cuello, que vibraba con los latidos de su corazón, alternando lametones con bocados.

Sus manos se movian acariciando su piel nacarada por todas partes. Sin avisar, la penetró con dos dedos y los hundió con fuerza dentro de ella. Dejó caer unas cuantas palabras gruesas en su oido, con voz profunda y calmada. Ella gemía, gritaba, se retorcía bajo él, disfrutando como nunca, su cuerpo se tensó y pudo sentir un orgasmo poderoso atrapando sus dedos dentro de su sexo inundado. Él ya volvía a estar preparado para la acción, acercó su polla a la boca de la chica y, cogiéndola del pelo, la obligó a tragarsela, marcandole el ritmo. Se sentia muy excitado, ella lo hacía muy bien. Cuando tuvo suficiente la hizo girar sobre si misma y le empezó a hacer un buen masaje en aquel culo tan tentador con el lubricante que guardaba en la mesilla de noche, profundizando en su ano que se dilataba deseoso de sus acometidas. La empaló sin piedad entre gritos de placer, sujetandola por los tobillos, notaba los huevos mojados de tanto como ella lubricaba y, pasandole la mano bajo el cuerpo, comenzó a masturbarla, dejándole caer todo su peso sobre la espalda y de nuevo sintió como ella se corría y le suplicaba que él también lo hiciera, que ya no podía más. Le contestó groseramente y eso hizo que la chica tuviera otro orgasmo, pero era hablar por hablar, porque él también estaba a punto y dejó ir su lechada sobre sus nalgas, manchando su espalda y hasta sus cabellos rojizos.

La libró de las ataduras, fueron a limpiarse y secarse el sudor, y la invitó a quedarse a pasar la noche, quien sabe, pensó, quizás todavía repetirian. Le invadía un extraño sentimiento de felicidad, de haber encontrado algo especial. Cuando el sueño le iba ganando, un solo pensamiento rondaba por su cabeza: encerrarla con él, no dejarla salir nunca, sólo suya, suya para siempre...

Era muy pasada la medianoche cuando se despertó. La luz de la luna llena iluminaba la habitación. Se volvía a sentir muy caliente, ella le estaba tocando mientras él dormía, contemplando inquieta con sus grandes ojos como su tranca respondía a las carícias, aumentando de tamaño, llenándose de sangre. Se sentó sobre él, metiéndosela toda dentro y cabalgándolo, arañándole el pecho, moviéndose con precisión hasta llegar al clímax y después se dejó caer, sentía su aliento sobre el hombro izquierdo. Intentó abrazarla, pero la chica no le dejó, sujetando sus muñecas con fuerza sobre su cabeza. Ahora era ella quien dominaba.

Por un momento le habia parecido que su cuerpo habia cambiado, ahora era más fibroso y musculado, su piel más dura, pero eso no era posible... Debia estar todavía medio dormido. Ella seguía moviendose a buen ritmo y dejó de pensar, sólo existía para su placer, se entregó, abandonándose a ella y no tardó demasiado en correrse otra vez.

Mientras su semen salía a borbotones, sintió un intenso dolor en el cuello que lo desgarraba. Intentó luchar pero ya era demasiado tarde y, mientras se desangraba vió transformarse a su última amiga en la forma de una loba blanca que no pensaba esperar a que estuviera del todo muerto para comenzar a devorarlo, quería gritar pero su garganta estaba anegada en sangre y sólo salió un gorgoteo apagado.

Saliendo de la ducha, la pelirroja contempló su destrozo. Hacía mucho tiempo que lo estudiaba: un hombre soltero, de mediana edad, con un pasado de maltrato a mujeres, sin amistades, que vivía solo; nadie lo echaria en falta, quizás solamente notarian su ausencia en el trabajo, pero tardarian algún tiempo porque ahora estaba de vacaciones. Era la victima perfecta para su metamorfosis con la luna llena, para calmar un tiempo su hambre de carne. Habia buscado trabajo en un lugar donde él la viese, buscó los canales adecuados para contactar, se dejó espiar, dándole confianza, hasta llegar al encuentro. Se lo habia pasado muy bien. La caza habia sido un éxito.
Y el sexo también le habia gustado, lástima de no poder repetir en otra ocasión pero, pensó con sarcasmo, alguna cosa se llevaba de él, muy dentro suyo. Se arregló y salió sin que nadie la viera, dejando la ventana de la habitación bien abierta y se perdió por una Terrassa de domingo, todavía dormida, entre las primeras luces del día.

Cuando semanas después encontraron sus restos putrefactos no sospecharon nada extraño, un suicidio y la naturaleza y el verano habían hecho el resto. Sólo se preguntaron, entre risas, a quién debían pertenecer aquellas braguitas rojas olvidadas en el sofá.

domingo, 4 de mayo de 2008

Amantes

Me pierdo en la profundidad de su mirada. El brillo de sus ojos delata su amor por mi, no lo puede esconder, la dulzura de su expresión me emociona. Le adoro.

Su piel es mi Paraíso, conozco cada rincón, cada pliegue, cada lunar, he lamido mil veces cada una de sus cicatrices.

Sus caricias me transportan a un mundo donde sólo estamos los dos. Mi alma se llena de su presencia, de su ser.

Nos amamos casi en silencio, temerosos de ser escuchados, furtivamente, pendientes de la respiración del otro, de cada leve gemido, que desata esta pasión contenida.

Nos movemos despacio, acompasadamente, sin prisa. La oscuridad de la noche es nuestra aliada, la luz de la Luna que entra por la ventana, la guia a través del mapa de nuestros cuerpos.

Las manos entrelazadas, las bocas se buscan y se unen en besos largos y dulces.

Siento la calidez de su abrazo, su pecho es mi refugio. Somos la misma esencia, somos el mismo calor que nos funde hasta unirnos en uno solo.

No quiero que termine, quisiera seguir así eternamente. Le doy todo lo que tengo, todo lo que soy.

La forma en que besa mi cuello me hace temblar, el leve roce de sus yemas me electriza, acaricio su bello rostro, casi a punto de llorar, mi corazón late con mucha fuerza. Siento que moriría si no estuviera con él, si no fuera parte de su vida como lo es él de la mía.

Ahogo un gemido en la almohada, me muerdo los labios, siento que me voy, y él se viene conmigo. Dentro de mi, una calidez y un palpitar que me deja indefensa. Abrazados, unidos. Para siempre... ¿Para siempre?

Una vez más, vuelvo a despertar con la cara mojada, me escuecen los ojos de cerrarlos tan fuerte en mi soñar. Una vez más, el recuerdo de aquella vez que F y yo hicimos el amor, después de haber follado tantas miles de veces, aquella vez tan diferente, tan especial...

Y el dolor de saber que eso se perdió, para siempre.

domingo, 20 de abril de 2008

Tren



Marta se contempló una vez más en el espejo de la entrada de su piso antes de salir y le sonrió a su imagen, guiñándole un ojo. El traje de chaqueta color canela, de falda muy corta, su pelo castaño recogido en un moño y aquellas las gafas de pasta le daban un aspecto serio, como de eficiente secretaria o estricta maestra. Eran los zapatos de tacón muy altos, de aire retro, con plataforma y atados a sus tobillos mediante una correa con hebilla, lo que le daba un aire mucho más sexy, más perverso. Pocos imaginarían que no se había puesto ropa interior. Sentir el roce de la tela directamente sobre su piel y pensar que alguien podría descubrir su secreto la hacía sentirse más excitada todavía.

Bajó andando hasta la estación del tren. Juan, su marido, se había llevado su coche. Aquella noche se habían planteado un nuevo juego. Éste consistiría en encontrarse como si fueran dos desconocidos. Ambos conocían su destino, una discoteca a un par de estaciones de su casa, pero no habían establecido normas, habían dejado la puerta abierta a la improvisación. Sólo sabía que, una vez allí, tontearían el uno con el otro, buscando la excitación perdida con la rutina, seduciéndose de nuevo como cuando se habían conocido, años atrás.

Así que, cuando sintió el roce de una mano en su trasero en el andén de la estación, recorriendo su redondez con cautela, mientras veía entrar el tren que había de coger, no se inmutó. ¡Qué juguetón! Por lo visto, él había decidido pillarla de camino a la discoteca...
Podía notar un aliento cálido en su nuca, casi susurrándole, mientras observaba las puertas pasar ante ella hasta detenerse, a la vez que el cosquilleo de unos traviesos dedos intentaba colarse bajo su falda.

Cuando por fin paró el tren, giró levemente la cabeza para mirar a sus espaldas con el rabillo del ojo, pero allí no había nadie. ¿Había sido tan solo su imaginación calenturienta? Estaba segura de que no, el vello erizado en su nuca y la humedad de su entrepierna lo atestiguaban. Pero en el andén no había nadie más...Se sentó junto a la ventana. El vagón estaba casi desierto, sólo otro pasajero dormitaba unos asientos más adelante.

El tren se puso de nuevo en movimiento, adentrándola en la oscuridad de la noche.
La puerta que conectaba su vagón con el siguiente se abrió y entró un chico. Treintaitantos, cabello oscuro, mirada celeste, labios carnosos, un cuerpo deliciosamente torneado por el ejercicio, enfundado en unos tejanos claros y una camisa blanca desabotonada.

Su hombre, su Juan. Se sintió henchida de orgullo al verlo caminar hacia ella y un hormigueo invadió su bajo vientre. Él no solía vestir así, estaba acostumbrada a verlo mucho más clásico, más comedido, y estaba gratamente sorprendida por el cambio, tan juvenil, tan sexy. Aún y así, fingió ignorarlo.

Él tomó asiento frente a ella, desafiante, ligeramente chulesco, exhibiéndose. Marta observó su pecho perfectamente depilado, bronceado, intuyó el piercing de su pezón izquierdo bajo la camisa y se sintió convertida en agua, agua hirviente, burbujeante... Suspiró, intentando aliviar el calor que la invadía.

Separó levemente las piernas, provocándolo, viéndole ladear la cabeza, siguiendo con una mirada libidinosa el camino hacia su sexo. Juan utilizó su rodilla para hacerle abrir un poco más las piernas, teniendo una perfecta visión de su precioso coño brillantemente mojado y ella se dejó mirar, palpitante de deseo.

Él se inclinó hacia adelante e introdujo deliberadamente despacio un dedo en la boca de ella, entre sus labios pintados de carmín, jugando con su lengua, dejando que lo chupara a conciencia, que lo mojara bien y fue bajando por sus labios, su barbilla, el cuello, el marcado canalillo de sus pechos, hacia su clitoris, dibujando una fina línea de saliva, para luego acariciarlo con él, escuchando con deleite su respiración entrecortada por el placer y, una vez bien empapado de sus jugos, de nuevo a su glotona boca, dejando que lo succionara, que saboreara su propia esencia.

Ya llegaban a la parada donde debían bajar. Juan hizo gesto de levantarse, pero ella puso su pie sobre el asiento, justo entre sus piernas, la puntera de su zapato amenazando el tremendo bulto que apretaba sus pantalones. Durante unos segundos, mientras el tren se detenía y avisaba con su pitido del cierre de puertas, un pequeño atisbo de desconcierto cruzó la cara del chico.

Una idea loca había surgido de repente en la mente de Marta y con su mirada de desafío le instaba a apostar. Juan levantó una ceja y asintió. Adelante, juguemos. Permaneció sentado, asiendo con las dos manos aquel tobillo colocado ante él, deslizando sus manos por la pantorrilla, masajeándola de forma erótica. Ella se sentía poderosa.


La siguiente estación era la última del recorrido. Se apearon cogidos de la mano, escondiéndose en un oscuro rincón, sobandose y besándose como adolescentes, esperando a que el guarda pasase en su ronda y luego bajaron a las vías, corriendo entre los trenes aparcados para pasar la noche allí, con las puertas abiertas para ventilarse. Utilizando las manos para empujar su increíble culo, Juan ayudó a Marta a subir a uno de ellos, no tanto por necesidad como por gusto, y luego trepó atléticamente junto a ella.

La hizo desnudarse del todo, admirando su cuerpo tan frágil y blanco bajo la luz de la luna llena que entraba por los ventanales. Las gafas quedaron olvidadas sobre el montón de ropa. Él también se quitó la camisa. Le soltó la pinza que sujetaba su cabello y hundió sus dedos en la larga melena, aferrándose a ella.

Sentado entre dos asientos, dejó que ella se refregara contra su erección, pintando con su coño desnudo la tela de su tejano, volviéndose loca de gusto con el roce de la áspera tela contra su delicado botón, mientras Marta tomaba su cara entre sus manos y le besaba apasionadamente, y luego, sujeta a los cabezales de los asientos, imprimia más ímpetu a su movimiento hasta correrse entre gemidos acallados por la prudencia con Juan mordiendo sus pechos.

La hizo poner en pie sobre los asientos, temblorosa, un pie a cada lado del pasillo, sujeta a la barra central, sólo tuvo que agacharse un poco para poder introducir su lengua entre sus piernas, continuando con el placer en su clítoris mientras se la follaba con dos dedos. Cuando la sintió próxima al orgasmo, tomó sus piernas y se las subió a los hombros, notando los afilados tacones clavarse en su espalda, pero disfrutando con la forma en que ella se arqueaba hacia atrás, las fuertes manos de él en su zona lumbar, comiéndola sin piedad hasta no poder más.
La ayudó a volver a tierra y la hizo inclinarse sobre los asientos, una pierna doblada en ellos, la otra estirada apoyada en el suelo y, agarrandola por las caderas, la embistió con su polla bien cargada recién liberada del pantalón, muy adentro, muy duro, haciéndola chillar.

Marta giró la cara, mirándolo con lujuria entre sus mechones alborotados, pidiendo más, más fuerte, más rápido...Sintiendo la leche casi a punto de salir, Juan dejó de penetrarla y se fue hacia su boca, dejándola mamarsela cogido de su pelo, con maestría, hasta derramarse sobre su voraz lengua. Ella se tragó hasta la última gota.

La noche era agradable, así que no fue un problema ir dando un paseo hasta el coche, aparcado cerca de la discoteca, abrazados como amantes nuevos, para retomar su pasión en su propio dormitorio.