domingo, 11 de septiembre de 2011

Cuentos inmorales


¿Te ha pasado alguna vez que recuerdes una película que viste en tu infancia/juventud, que te dejara con inquietudes? Eso fue lo que me comentó mi amiga Annette, hablándome de esta película, 'Cuentos Inmorales', de Walerian Borowczyk, rodada en el 1974. Ella tenía ganas de volver a verla y comprobar si ahora, con mucha más experiencia en la vida y en el sexo, comprendía cosas que en aquellos años se le habían escapado. Yo, nunca había oido hablar de ella, asi que me picaba la curiosidad. Con los pocos datos que contaba, se la busqué por Internet. La pude ver y la verdad es que no me dejó indiferente. Tiene momentos bastante buenos. No es pornográfica, pues no enseña los actos crudamente, sino que los sugiere o los muestra cubiertos, dejando margen a la imaginación de cada uno.

Se compone de cuatro historias, bastante distintas entre si, con el erotismo de esbeltos cuerpos femeninos muy propio de los años 70, cuando los sexos aún estaban adornados de espeso vello rizado y no estaban tan de moda los pechos opulentos sino los más aniñados.


La marea trata de unos primos que veranean juntos y la iniciación de la chica en el sexo durante un viaje a una rocosa playa, donde él le explica el mecanismo de las mareas, con un evidente paralelismo a la felación que ella se ve obligada a practicarle. A destacar el aire inocente y sumiso de la protagonista, apenas una cria, tan deseosa de complacer a su experimentado primo con sus labios carnosos y provocadores y una mirada muy tierna, tan azul como el mar que les rodea.


Theresa Filósofa es la historia de una joven profundamente religiosa que oye voces y que se debate entre su ideal de pureza y una pasión ardorosa que la consume y a la que cede, recluida en su habitación, entregándose a los placeres solitarios del onanismo con unos afortunados pepinos.


Erzsebet Bathory nos muestra un momento de la vida de la sangrienta Condesa  húngara, famosa por ser quizás la mayor asesina en serie de la Historia, pues se dedicaba a matar y bañarse en la sangre de jovencitas de la región en la creencia de que así conservaba su juventud y belleza. El corto nos muestra como estas chicas son escogidas en los pueblos y llevadas al castillo. Allí nos deleitamos con la visión de sus hermosos cuerpos cubiertos de jabón y agua caliente en las múltiples duchas de la Condesa, frotándose y jugando entre ellas, disfrutando del bienestar que la aristócrata les ha proporcionado, sin ser conscientes del trágico final que les espera.
Una curiosidad de la película es que la actriz que da vida a la condesa no es otra que Paloma Picasso, hija del célebre pintor. La escena principal consiste en toda una orgía de féminas, disputándose trozos del vestido semitransparente cubierto de perlas que lleva la protagonista, que le es arrancado pedazo a pedazo. Es un segmento lleno de sensualidad, totalmente lésbico y el sonido de la tela rasgándose y la manera en que ella se enfrenta a esa forma de ser desnudada es muy sexy.


Y para terminar, Lucrezia Borgia evoca los rumores que las malas lenguas de su época difundieron, pues decían que mantenía relaciones incestuosas con su padre, Alejandro VI, Papa de Roma, y con su hermano César, que era cardenal y a los que acusaron de ser padres del hijo que tuvo con solo 17 años. Son escenas cargadas de transgresión y herejía, pues se burlan repetidamente de la religión católica.

Por si os a parecido interesante y os apetece verla, aquí es una de las varias páginas donde la podeis encontrar. 'Cuentos Inmorales Online'

domingo, 4 de septiembre de 2011

30 Seconds To Mars - Hurricane (2010)

Me gustan mucho 30 Seconds To Mars, de hecho estuve en su concierto en Barcelona el pasado 18 de Diciembre del 2010 y me lo pasé genial coreando y bailando todas sus canciones con mi amigo Xavi.

Quería destacaros este video, aunque casi se podría considerar cortometraje, ya que dura algo más de 13 minutos. Me ha costado encontrar una versión sin censurar, pero aquí la teneis, con imagenes explicitas del mundo más oscuro y bedesemero de las fantasías de Jared Leto y compañía.... Parece que está de moda, eh? Sexy, sexy..... A mi Shannon me pone muy caliente....

domingo, 21 de agosto de 2011

Medusa The Dollmaker

El otro día estuve en la tienda de Madame Chocolat, un local lleno de ropa y accesorios de lo más variopintos, estilo Lolita, Steampunk, Pin-up, Gothic y demás.  Nos habían prestado la sala del sótano, llamada Alice Room, decorada con reminiscencias a los cuentos de Alicia, para una reunión. Las paredes aún estaban adornadas con banderines y grupos de ilustraciones en exposición del recientemente celebrado "Dolly Market".

Desde el momento en que descubrí estos dibujos, mi mirada volvía una y otra vez a ellos, deseando acercarme y averiguar de quien eran. Tuve que esperar hasta casi el final de la reunión para poder levantarme y mirar el cartelito con el nombre de la autora.

"Medusa, The Dollmaker" es el nombre por el que se conoce a Asunción, una chica valenciana de 28 años, dibujante, diseñadora gráfica y artista tradicional. Sus dibujos están impregnados de sensualidad y una cierta melancolía que me encanta.

Tiene publicado un libro por Planeta DeAgostini llamado "Cabaret" y otro en preparación que se va a llamar "Miracle", que editará Norma Cómics.  Aquí os dejo algunos de sus dibujos. Si os gustan, podreis encontrar mucho más sobre sus trabajos en su página web, blog (cuyo enlace teneis arriba, en su nombre), Twitter, Facebook y Deviantart.






domingo, 14 de agosto de 2011

Cuaderno de bitácora


El portugués y yo, sentados frente a frente en el pequeño camarote, cada uno en una de las dos camitas perfectamente hechas, cubiertas con una manta azúl marino, sentimos que había llegado el momento de dejarnos llevar por una marea de emociones, largamente contenidas. Después de varios días de perseguirnos mutuamente, buscando la ocasión oportuna para poder hablar, después de intercambiar incontables miradas, prometedoras de mil nuevos placeres, intentando vencer la timidez y buscando el valor para dejar de ser extraños en el crucero que nos llevaba de vuelta a Barcelona, después de todo eso, al final fui yo la que se lanzó a por todas, en nuestra última noche de travesía.

La discoteca ya cerraba y queriamos encontrar un sitio donde seguir nuestra recién comenzada charla, pero todos los bancos y rincones estaban tomados por viajeros durmientes, así que acabamos en su pequeña habitación de chofer de camión, por suerte para ambos, sin compañero de viaje.

Y así, mirándonos a los ojos, tomándonos de las manos, permitimos que nuestros labios se unieran lentamente, a nuestras lenguas perseguirse, cambiando las palabras por saliva. Me arrodillé entre sus piernas, fundiéndome en un abrazo con su cuerpo caliente, dejando que mis manos atrapasen y se enredasen en los mechones de su largo cabello, mientras nos besábamos de nuevo intensamente.

Me deshice de mi camiseta, dejándole recorrer mis hombros y espalda con sus manos grandes y ásperas, aunque sumamente delicadas, hasta encontrar el cierre de mi sujetador y luchar infructuosamente contra él, ya que al final tuve que soltarlo yo misma. Sus labios acudieron, como llamados por el canto de una sirena, hasta la acogedora generosidad de mis pechos y mis rosados pezones, que lamió con fruición.

Sus dedos traviesos, tomando cada curva de mi piel, al final se perdieron en el interior de mi pantalón y, simplemente con la forma de acariciar mi clítoris, supe que iba a ser un gran amante.

Él se quitó la camiseta negra y los tejanos y yo terminé de desnudarme, sin prisas, sin pausa, bajo la ténue luz anaranjada de la estancia. Su piel estaba muy bronceada por el sol del verano, tan solo su culete pequeño y prieto parecía un poco más claro. Acodada en el estrecho camastro, admiré su estampa de Tarzán, su pecho amplio y lampiño, una cinturita pequeña y brazos y piernas poderosos, un rostro lleno de fuerza: unas cejas pobladas que enmarcaban sus ojos de obsidiana ardientes de deseo, una nariz de boxeador ligeramente achatada y una sonrisa luminosa de dientecillos pequeños, enmarcado todo ello por una melena larga y fiera, de puro azabache, que le llegaba hasta los hombros. Y mi boca se hizo agua y unas ruedecillas giraron enloquecidas en mi bajo vientre al contemplar la imponente erección de su temible verga que, oscura y turgente, invitaba a la lujuria.

Me lancé sobre ella, susurrando, casi suplicando: 'quiero chuparla' y él se dejó hacer, con expresión satisfecha. Me apliqué con intensidad y ganas, sabiendo que ninguno de los dos quería llegar hasta el final, dejándole disfrutar de mi boca apenas unos minutos, cubriéndola de calor y saliva, hasta que vi sus ojos cerrarse y su cuerpo entregarse a mi. Me separé de él, mirándole lascivamente, invitándole a poseerme. Como si leyera mi pensamiento, fue empujándome levemente hacia atrás, hasta que estuve tumbada en la cama y él sobre mi, dominando mi cuerpo al completo desde la atalaya de mi pubis.

Uniendo su cuerpo al mio en un abrazo tierno y envolvente, sentí su ariete abrirse paso, resbalando en el perlado mar de mi sexo hacia las profundidades de mi ser, meciéndome en el vaivén de sus voluptuosas acometidas. Mis manos se tornaron medusa, atrapándolo, acercándolo cada vez más, envenenándole de mi pasión, envolviéndole en mis gemidos.

Se apartó de mi y sus dedos continuaron la tarea de darme placer, pacientemente, con ambas manos a la vez, con la perfección de quien domina la materia, hasta hacerme gritar, quedando cautivos en el pulso de mi orgasmo, una Caribdis hecha carne, atrayéndole hacia su perdición. De nuevo me miraba complacido y eso conseguía que le deseara sin medida.

Volvió a penetrarme, despacito, quedándose muy quieto dentro de mi, a pesar de mi ansia. Mis ojos interrogaron a los suyos. 'Estoy conociéndote' me contestó, 'descubriendo tus secretos'. Otra oleada de sacudidas me conmovío casi al instante, sintiendo bombear la sangre dentro de él, dentro de mi. Tuvo que tapar mi boca, pues la vida se me iba por ella. 'Vas a despertar a todo el mundo', me dijo entre risas, con su acento extraño y dulce. Y yo también reí, abrazándome a su cuerpo, mi tabla de salvación, mientras flotábamos sobre el eterno y oscuro Mediterráneo en una noche que parecía no tener fin.

Quise convertirme en su amazona, cabalgar sobre su mástil, hacerle ahora llevar mi ritmo, moviéndome con la cadencia del oleaje, poniéndome a continuación en cuclillas y obligándole a mirar cómo su polla me taladraba una y otra vez. Luego, izada sobre él, tracé con mis caderas círculos y más círculos en un remolino infinito, hasta que no pudo más y cambió las tornas.

Me tomó a cuatro patas, sujetando mi melena roja entre sus dedos morenos porque así se lo pedí, empujando con fuerza, acariciando mi espalda, sujetándose a mi trasero. No conté las veces que hizo que me corriera, pero fueron muchas, muchas...

Vuelta tras vuelta, volvimos a estar cara a cara, sus brazos musculados atrapándome contra el duro colchón. Y, como ola contra una roca, la salada espuma de su océano cubrió mi cuerpo, entre suspiros y sudor. Su cabeza se hundió en mi hombro y quedamos un rato abrazados, acunados por el leve movimiento del barco.

Quedamos en que vendría a despertarle al día siguiente y, mientras me dirigía a mi camarote, situado una planta más arriba, y recorría silenciosa los pasillos, rememorando cada caricia y cada beso, me di cuenta de que lo que no recordaba era su nombre.


Ya en mi cama, me dormí con una sonrisa, soñando con mi portugués, mi gitano sin nombre, señor de los siete mares, contando los minutos para volver a ser suya, sintiendo su olor en mi piel y dejando que el ardiente deseo de su cuerpo me inundara y consumiera una vez más.

Para Marcelino. Espero que las corrientes vuelvan a traerlo hasta mi costa.




domingo, 5 de junio de 2011

Lluvia


Una vez más, me maldigo por haber dejado que la reunión se alargara tanto, haciéndome llegar tan tarde de vuelta a casa. Al salir del tren, casi a las once de la noche, la oscuridad es total y el aguacero, impresionante. La gente se agolpa en la puerta de la estación, temerosa de salir: el agua golpea con fuerza el suelo y retumban los truenos. No hay ni un solo taxi a la vista. Los autobuses ya han terminado su jornada. La apacible y cálida tarde de Junio se ha transformado en una noche de tormenta y a mí ni se me había pasado por la mente, al salir de casa, llevarme un paraguas por si acaso. Pasan los minutos y no da señales de parar. Decido que no puedo quedarme allí esperando eternamente hasta que amaine, total, mi casa no está tan lejos, así que echo a correr bajo la lluvia, calle arriba, abrazando mi bolso como si fuera un salvavidas, notando como el agua fría va calando mi ropa, mis zapatos, convirtiendo mi pelo en delicadas hebras que se adhieren a mi cara una y otra vez, aunque me empeñe en apartarlas.

El camino es cuesta arriba y yo no estoy acostumbrada a correr, menos aún con estos zapatos de vestir y la falda de tubo que me puse para la reunión, así que a medio camino ya estoy exhausta y completamente empapada.

Una puerta entreabierta en un portal se me muestra como una posible salvación. Me resguardo en la penumbra, dejando caer mis cosas al suelo, apoyada contra la pared, respirando agitadamente.

Oigo el sonido de unas llaves y la puerta cerrándose de nuevo. Un chico, tan empapado como yo, entra entre resuellos y se apoya en la pared frente a la mía. También se ha pegado una buena carrera bajo la lluvia, pero al menos, él ya está en casa. Me sonríe.

- ¡Vaya tormentón! ¿Eh?

Asiento, devolviéndole la sonrisa. Siento sus ojos oscuros repasarme con curiosidad, sabiendo sin lugar a dudas que no soy una de sus vecinas. El encaje de mi sujetador es claramente visible a través de la blanca tela de mi blusa, que se pega como una segunda piel y mis pezones están tan duros que podrían abrirse camino a través de ella. Él me estudia detenidamente, en el silencio atronador de nuestros corazones agitados. Lleva un polo azul celeste, muy primaveral, bajo el que se marca un torso esbelto pero torneado, y unos tejanos que parecen negros de tan mojados. Se pasa la mano por su ondulado cabello castaño, apartándolo de su bello rostro, con la actitud confiada de quien se sabe atractivo. Siento un escalofrío recorrerme y él parece adivinarlo.

- ¿Tienes frío? ¡Estas empapada! Bueno, ¡ambos lo estamos! -de nuevo ríe. Tiene una sonrisa preciosa. Se acerca hasta mí y, acogedoramente, pone su mano sobre mi hombro. Yo no me resisto, sigo mirándole embelesada.

- ¿Me permites ofrecerte una toalla y una taza de café? Puedes esperar en mi casa hasta que deje de llover tan fuerte, si quieres...

Está parado frente a mí, expectante. Parecemos dos imanes, luchando contra la mutua atracción. Noto su mirada hambrienta recorrerme, cual gota que cae de mi pelo chorreante, pasando de mis ojos a mi boca entreabierta, bajando por mi cuello, ralentizándose sobre el perlado valle de mi escote, para perderse sin remedio en el oscuro abismo entre mis pechos. Siento que me ahogo, que me falta el aliento, ya no sé si es por la carrera o por el súbito deseo que me invade y me hace temblar, vibrando como un diapasón en las profundidades de mi ser.

Me dejo llevar por el impulso, acercando cada vez más mi boca a la suya, lentamente, esperando su reacción. Llego hasta sus labios y le beso apasionadamente y, tras un instante de sorpresa, él me responde con intensidad. Nuestros cuerpos se unen con un sonido chapoteante, atrapándome contra la fría pared de mármol. Sus manos se deslizan por mis curvas cinceladas con precisión por la ropa mojada, desprendiendo su calidez sobre mi helada piel. Mi mano sube por su nuca y se enreda en su pelo, agarrándolo con fuerza.

Muy despacio, me va atrayendo hacia una puerta al fondo del vestíbulo. Al traspasarla, me encuentro con un patio interior, sin claraboya, en el que sigue cayendo la lluvia, que ahora, cual bendición, refresca mi ardiente rostro. Se quita el polo y lo deja en el encharcado suelo. Me gusta su cuerpo lampiño y joven. Desabrocha mi blusa, abriéndola y apartando mi sujetador para aferrarse a mis generosas tetas, mientras su boca busca mi cuello con un ansia animal y su pelvis se aprieta contra la mía. Noto el granulado cemento de la pared arañar mi espalda, pero no me importa. Miro hacia el cielo mientras él se agacha y, levantándome la falda hasta la cintura, se pierde entre mis piernas. Siento su lengua por encima de mis bragas, que ya no sé si están mojadas por el agua o por el deseo, justo antes de hacerlas a un lado y saborear mi sexo. La lluvia brilla, diamantina, bajo la luz de algún foco en el tejado del edificio y su repiqueteo constante me transporta hasta un mundo de calma. Mirando todas aquellas ventanitas, pienso en lo fácil que seria que alguna se abriera y nos descubriera allí abajo, si oyen mi voz. Me muerdo el labio, respirando hondo, conteniendo esos gemidos que pugnan por salir, mientras mi cadera se mueve, acompasadamente, lenta pero inexorablemente hacia el orgasmo, con los movimientos de su lengua.

Se alza y me vuelve a besar, enfebrecido, mientras lucho por desabrochar su tejano. No le permito bajárselo del todo, así que me penetra con el pantalón todavía puesto. Me gusta sentir su textura rugosa en mi pierna, que le rodea buscando su proximidad, acariciar la forma en que se pega a su pequeño y duro trasero, inmune a mis uñas, que se clavan en la tela. Me empuja con violencia, casi levantándome del suelo, me encanta escuchar su respiración en mi oído. Estamos solos: él, yo y la lluvia.

Me hace dar la vuelta e inclinarme, las piernas muy abiertas. La falda es un harapo anudado a mi cintura, a la que él se aferra para seguir clavándomela hasta el fondo. Me sujeto a la pared, arrebolada y temblorosa. Me he corrido otra vez, sin remedio.

Me gusta cómo mis pechos se bambolean a cada embate, hasta que una de sus manos aparece para agarrarse a ellos. Le miro por encima del hombro, mientras él observa a la lluvia trazar brillantes y húmedos caminos en la blanca piel de mi culo. Su cabeza cae hacia atrás, dejando que el agua de las nubes bañe su cara por completo. Su boca se abre, sus ojos se cierran y, con un suspiro, unas gotas más espesas y calientes dibujan su explosión de placer sobre mis muslos.


Mis ojos se abren a la soleada mañana de un nuevo día, sola en una cama extraña. Mi ropa reposa, lavada y seca, sobre la silla de la habitación. Me dirijo al baño y me meto en la ducha. La noche ha sido larga y sudorosa.

Su cuerpo fibrado y desnudo aparece, atraído por el sonido, y se apoya en la puerta, dándome los buenos días. Me mira silenciosamente, pensativo, mientras dejo que el agua y sus ojos me acaricien. Le sonrío y le hago un gesto. Aunque parezca mentira, aún nos quedan ganas. Se acerca tiernamente y me abraza bajo aquella nueva lluvia, para compartirme con ella otra vez.
A mi me encantan los días de lluvia... ¿y a tí? ;)
(Ya ves que, hasta cuando sueño despierta, se me aparece tu cuerpo, mi niño. TQM. Mil besos de tu catalana favorita que te echa muchísimo de menos)